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El Precio del Hambre y Amor

Capítulo 1 

Palabras:912    |    Actualizado en: 08/07/2025

zo llenaba nuestra pequeña casa, un

movía la cuchara en el sartén. El sonido d

cena?" preguntó mi herma

un niño que nunca había sabid

favorita", respondió ella, girándose con

frijoles, chorizo, arroz rojo y dos tortillas c

acia mí. Su sonr

tillado, y me sirvió una cucharada escasa de frijoles s

oner gorda y nadie te va a querer", di

te años y er

su comida, haciendo ruidos de satisfacción. Cada boc

me hacía

más. Una especie de filtro que

os, se paseaba por el salón. Yo no veía sus brazos, veía dos piezas de pan

dondas y rosadas se reía, yo veía dos panecillos dul

El mundo se convertía en un buffet interminable y

ó un pequeño concurso de dibujo. El premio

enta

rtas de tamal, veinte refrescos de bolsita, o

Mateo, porque yo no tenía. Dibujé un paisaje de la Ciudad de México, con sus vo

ga

ntregó un billete de cincuenta pesos. Lo sentí en mi mano,

razón latiendo con fuerza. Iba a comprar comida, mucha

gritando: "¡Ma

viendo la televisión

gana

os, en un conc

se iluminaron, pero no de org

a mano con una velo

en el delantal. "A tu hermano le hacen f

sintiendo cómo se me form

familia. Y tu hermano es hombre, él necesi

ra solo un vacío en el estómago, era un hueco en el pecho. Entendí que no importab

vi dejar su monedero sobre la mesa de la cocina p

mpezó a lati

patio. Escuché el sonid

. Había varias monedas. Tomé dos de a cinco pesos. Solo dos. Lo

rincón, justo cuando ella ent

sentían pesadas, como una culp

gar de irme directo a casa,

tamal verde y un atol

a mitad con el tamal humeante dentro. El atole estaba t

n un callejó

osito, todo mezclado en mi boca. Comí despacio, saboreando cada pedazo.

iempo, mi estómago estaba

tí poderosa. Si el mundo no me iba a dar lo que n

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El Precio del Hambre y Amor
El Precio del Hambre y Amor
“El olor a frijoles fritos con chorizo me abría el apetito, un tormento en una casa donde la cuchara de mi madre solo servía porciones miserables para mí. Pero una tarde, vi el brillo de una oportunidad: cincuenta pesos, el premio de un concurso de dibujo que gané con la esperanza de saciar mi hambre por fin. Corrí a casa, el billete apretado en mi puño, solo para ver cómo la sonrisa de orgullo de mi madre se convertía en codicia al quitármelo. "A tu hermano le hacen falta unos zapatos nuevos para el fútbol", dijo, sellando mi destino con sus palabras y su acto. Esa noche, mientras el agua fría lavaba los trastes, el hambre en mi estómago se transformó: era un hueco en el pecho, una injusticia ardiente. ¿Cómo podía mi propia madre robarme así, negándome hasta el derecho a la comida? No era solo sobre el dinero; era sobre mi valor, mi existencia. Comprendí que si quería algo en este mundo, tendría que tomarlo, sin pedir permiso, sin esperar caridad. El hambre dolía más que cualquier golpe, y yo estaba dispuesta a pagar cualquier precio por saciarla.”
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