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Un trago amargo de verdad

Capítulo 1 

Palabras:535    |    Actualizado en: 07/07/2025

r que para Armando era el perfume del trabajo duro, del pan de cada día. Pero hoy, ese

ue temblaba, la pantalla rota mostr

, casi aburrida, "un accidente de motocicleta, se

eco, pero la realidad todavía no t

muchacho.

s veces, el tono de espera e

ecesitaba que ella compartiera este do

la llamada

esposa lo que escuchó, sino un estr

gritó Sofía para hacerse

Armando

soy yo,

res? Estoy muy ocupada a

r la letra de una canción de moda, una de es

favor... e

Dile que se apure, que mi primo necesita más promoción pa

e el suelo se abr

anito tuvo u

no fue de silencio, sino que la mús

po para tus dramas, Ricardo está a punto de cantar la ca

do pudiera decir nad

léfono fue más doloros

, la pantalla todavía ilumi

e la fiesta de su primo.

hijo, yacía en una plancha

la motocicleta de reparto, una chatarra que ape

udas d

de charro a Ricardo, para pagarle clases de canto, p

fono con tanta fuerza

s rompían con una calma qu

aca

había

no también cualquier cosa que

echo, una certeza helada que de

solo

tament

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Un trago amargo de verdad
Un trago amargo de verdad
“El aroma a sal y pescado en el muelle siempre había sido el perfume del trabajo duro para Armando, hasta el día en que se mezcló con el luto que el aire traía consigo. "Su hijo... no sobrevivió", le dijo la monótona voz del policía, y cada palabra fue un golpe seco, pero la realidad, la muerte de su Juanito, su campeón, aún no se asentaba en su mente. Con el teléfono temblándole en la mano, llamó a Sofía, su esposa, buscando compartir este dolor que amenazaba con partirlo en dos. Pero en lugar de la voz preocupada de una esposa, un estruendo de mariachi y risas le respondió: "¿Qué pasa con Juanito? ¿No te pagó lo de la semana o qué? Dile que mi primo necesita más promoción", dijo Sofía, irritada, y colgó. El pitido final fue más doloroso que cualquier golpe, pues mientras su único hijo yacía en la morgue, ella seguía en una fiesta, una fiesta para celebrar la carrera del primo Ricardo, financiada con las deudas por las que Juanito había muerto trabajando. ¿Cómo era posible tanta frialdad, tanta indiferencia? ¿Cómo la mujer que compartía su cama, la madre de su hijo, podía ser tan ajena a la tragedia, tan preocupada por un parásito que su propio hijo? Armando apretó el teléfono, sintiendo el crujir del plástico bajo sus dedos, y una certeza helada, más allá del dolor, se instaló en su pecho: el tiempo de la sumisión había terminado, y ahora, la verdad saldría a la luz.”
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