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Adiós, Infidelidad: Mi Felicidad Genuina

Capítulo 4 

Palabras:580    |    Actualizado en: 07/07/2025

unda que parecía que le habían dado un puñetazo en el estómago. Sus ojos iban de la carpeta azul al rostro sereno de

puerta del palco, con la espalda recta y la cabeza en alto. No miró a nadie, ni a la cara pálida de Carolina, ni a l

sentía una oleada de asco. Asco por todas las noches como esa que había soportado, todas las cenas de negocios, las fiestas,

Recordó las innumerables veces que le había dicho a Mateo cómo se

ono condescendiente. "Es parte del negocio. Tienes que estar

saba. No su rol, no su apoyo, su tra

ejor amiga, una exitosa abogada corporativa. La respuesta

por esto. Es el precio que pagas por la vida que tienes. Acostúm

empezaron a usarla como el blanco de sus bromas. Bromas sobre su ropa, sobre su "vida fácil", sobre lo que haría si Mateo la dejaba. Y Mateo n

beradora. Mientras escuchaba a Ricardo hacer una broma sobre si ella sabía siquiera cómo usar una

taba no era porque no tuviera un t

auta, él era quien les daba permiso para tratarla como basura. Y si el hombre que se había acostado a su lado

ando solo un residuo amargo de resentimiento y una f

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Adiós, Infidelidad: Mi Felicidad Genuina
Adiós, Infidelidad: Mi Felicidad Genuina
“La música suave del restaurante ocultaba el ruido ensordecedor de las risas forzadas y los brindis en el palco privado, un sonido que a Sofía, sentada en un rincón con un vestido que se sentía como un disfraz, le resultaba cada vez más ajeno. El brindis de Ricardo, uno de los socios de su esposo Mateo, la golpeó como un balde de agua fría: "¡Un brindis por Sofía, la mujer detrás del gran Mateo! Aunque no entendamos de moda o de cosas de casa, ¡hay que admitir que mantiene a nuestro campeón contento!" Las carcajadas estallaron, ruidosas y condescendientes, un coro de hombres que la veían como un accesorio; y Mateo, con un aire de dueño, le susurró, bajando la voz: "Lástima que no terminaste la universidad, podrías entender de qué hablamos, en lugar de solo sonreír y asentir." Cada palabra fue una bofetada, una humillación calculada, seguida por su cruel monólogo a los demás: "¿Qué haría sin mí? Sería una diseñadora más, pasando hambre. Ahora es la esposa de Mateo Reyes, tiene todo lo que podría desear." La cuerda que la había mantenido atada a esa vida de humillaciones finalmente se rompió, y con una determinación fría y afilada, interrumpió su auto-felicitación con un susurro que cortó el ruido de la habitación como un cuchillo. "Quiero el divorcio." Mateo rompió en una carcajada estruendosa, seguido por el coro cruel de sus socios: "¿Y de qué vas a vivir? ¿De tus dibujitos?" Su esposo, con una sonrisa de desprecio, le espetó: "Tú no tienes nada. Todo lo que tienes, desde ese vestido que llevas puesto hasta el coche que manejas, es mío. Tú solo has sido un ama de casa. Una muy cara, por cierto." La aparición de Valeria, la nueva "asistente personal" de Mateo, sentada peligrosamente cerca, con la mano en su muslo y una sonrisa venenosa, fue la traición final, un golpe público que demostraba su reemplazo inminente. La rabia fría y la náusea la invadieron, pero en medio de la humillación, Sofía entendió: si el hombre que había prometido amar y proteger no la respetaba, ¿por qué lo harían los demás? Se levantó, sacó una carpeta azul cielo de su bolso de diseñador y la puso sobre la mesa con un suave golpe que resonó en el silencio sepulcral: "Lo preparé hace seis meses."”
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