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Adiós, Infidelidad: Mi Felicidad Genuina

Capítulo 3 

Palabras:596    |    Actualizado en: 07/07/2025

mal disimulado. Miró a Sofía de arriba abajo

stá bromeando, es un hombre muy exitoso,

, una calma glacial ins

entender? ¿La experta en hombres de negocios

o, el color se le fue de las mejillas. Tarta

no hay que ser tan sensib

acero. "Curioso, porque a mí no me parece gracioso. Quizás tu

s, saltó en defensa

solo intentaba calmar las cosas! ¡

hacia él, como una depredadora q

agar dando vueltas. Si vuelves a abrir la boca para defendela a ella o para decirme lo que tengo que hacer, te jur

al miedo. Se recostó en su silla, completamente mudo. El ambiente en el palco pasó de se

observando todo en silencio, como si fuera un espectáculo de teatro

y Mateo va a necesitar consuelo, y a ti te gusta tanto el éxito, ¿por qué no te acuesta

amino, sus ojos abiertos de par en par, sin saber cómo

de pie de un salto, golpeando la

ré! ¡Pero te irás con lo que llevas puesto y nada más! ¡Ahora mismo, pide

o se inmutó. Con una lentitud exasperante, abrió su bolso de diseñador, un bolso que él le había reg

La puso sobre la mesa con un suave gol

permiso. Aquí está el acuerdo de divorcio. Ya lo he firmado. Solo falta tu firma."

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Adiós, Infidelidad: Mi Felicidad Genuina
Adiós, Infidelidad: Mi Felicidad Genuina
“La música suave del restaurante ocultaba el ruido ensordecedor de las risas forzadas y los brindis en el palco privado, un sonido que a Sofía, sentada en un rincón con un vestido que se sentía como un disfraz, le resultaba cada vez más ajeno. El brindis de Ricardo, uno de los socios de su esposo Mateo, la golpeó como un balde de agua fría: "¡Un brindis por Sofía, la mujer detrás del gran Mateo! Aunque no entendamos de moda o de cosas de casa, ¡hay que admitir que mantiene a nuestro campeón contento!" Las carcajadas estallaron, ruidosas y condescendientes, un coro de hombres que la veían como un accesorio; y Mateo, con un aire de dueño, le susurró, bajando la voz: "Lástima que no terminaste la universidad, podrías entender de qué hablamos, en lugar de solo sonreír y asentir." Cada palabra fue una bofetada, una humillación calculada, seguida por su cruel monólogo a los demás: "¿Qué haría sin mí? Sería una diseñadora más, pasando hambre. Ahora es la esposa de Mateo Reyes, tiene todo lo que podría desear." La cuerda que la había mantenido atada a esa vida de humillaciones finalmente se rompió, y con una determinación fría y afilada, interrumpió su auto-felicitación con un susurro que cortó el ruido de la habitación como un cuchillo. "Quiero el divorcio." Mateo rompió en una carcajada estruendosa, seguido por el coro cruel de sus socios: "¿Y de qué vas a vivir? ¿De tus dibujitos?" Su esposo, con una sonrisa de desprecio, le espetó: "Tú no tienes nada. Todo lo que tienes, desde ese vestido que llevas puesto hasta el coche que manejas, es mío. Tú solo has sido un ama de casa. Una muy cara, por cierto." La aparición de Valeria, la nueva "asistente personal" de Mateo, sentada peligrosamente cerca, con la mano en su muslo y una sonrisa venenosa, fue la traición final, un golpe público que demostraba su reemplazo inminente. La rabia fría y la náusea la invadieron, pero en medio de la humillación, Sofía entendió: si el hombre que había prometido amar y proteger no la respetaba, ¿por qué lo harían los demás? Se levantó, sacó una carpeta azul cielo de su bolso de diseñador y la puso sobre la mesa con un suave golpe que resonó en el silencio sepulcral: "Lo preparé hace seis meses."”
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