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La Mano De La Suerte

Capítulo 4 

Palabras:629    |    Actualizado en: 07/07/2025

icardo me obligó a quedarme

ormir, borracho y satisfecho. "Asegúra

trás de él, dejándome atrapada

ás alejada de la cama, abrazando mis

en la cama, en la mis

a habitación era

de mi propio corazón

pareció una eterni

ecía posible en su cuerpo frágil, sus movimientos

n el dedo, moviéndose como una niña pequeña jugando, pero h

omenzó a

o no reconocía, pero la melodía er

co y te comerá... se come tus huesos, tu carne y tu

palabra resonaba en la habitación silenciosa,

uelta y cam

a pared, deseando

mí, su cara a cen

úmeda y a ozono, como el a

pero no había nada de mi madre en esa mirada, solo u

Su voz era ahora diferent

ofrío recorrer

solo asentí con l

no llegó a sus ojos. "Ahora, levántate. Tenemos que

una sugerencia,

una razón

is piernas to

de la habitación, a limpiar el suelo, a preparar el

s y susurros, indicándom

durante horas, en una

sto, la habitación pa

de pie en el ce

ró de

, preguntó, su voz de nuevo la de una niña curios

nta me d

sible, la herida que

inclinando la cabeza. "¿No desea

veneno y bálsamo

yo había mantenido encerrado

e me dejó sola,

opio cuarto, pero e

í una extraña y t

espejo y mir

mejilla donde Don Ric

ué sua

onr

, no me sentía

como una

scura de mí l

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La Mano De La Suerte
La Mano De La Suerte
“La hacienda olía a tierra mojada cuando Don Ricardo llegó, imponente como siempre. Pero esta vez, no venía solo; a su lado una mujer, distinta a todas las demás. Era la ventana de la cocina mi observatorio secreto cuando él la bajó, lenta y frágil. Su cuerpo delgado, su vestido sucio, su rostro oculto tras el cabello negro. Hasta que Don Ricardo la empujó, y grité mi sorpresa en silencio. "¡Guadalupe! ¡Ven acá, muchacha inútil!" me gritó, como a uno de sus perros. Ahí estaba él, con su barriga y cara roja, sujetando a la mujer. "Ella se quedará aquí. Es... una pariente lejana" . Una excusa ridícula, pues todos sabían que Don Ricardo solo amaba su dinero y una estúpida leyenda, la de la "Mano de la Fortuna" . Una leyenda de un hueso, un fémur, que traía prosperidad. Ella levantó la cabeza un instante, y lo que vi me heló la sangre. Esos ojos. Eran los ojos de mi madre, Doña Elena, muerta años atrás. Un vacío antiguo, una mirada perdida. Don Ricardo la devoraba con la vista, como a un objeto valioso, un amuleto. La misma mirada que a veces me dedicaba a mí. Su codicia, pura y sin disimulo. Mi madre había muerto, ¿o no? Su destino, una fiebre, pero yo siempre supe algo más. La sabiduría ancestral de mi madre, la que Ricardo creía la clave de su fortuna, y un fémur que él había robado. Ahora, esta mujer con sus ojos, y la misma maldición. Un latigazo, brutal, y su quejido liberó un torrente de terror en mí. "Me perteneces, Elena" , le susurró mi padrastro, usando el nombre de mi madre. "Pronto, tendré la otra 'Mano de la Fortuna' . La que está en tu pierna" . Él no solo la torturaba; planeaba mutilarla. Me obligó a latigarla. Mi cerebro gritaba "no" , pero su golpe me tiró al suelo, y la sangre llenó mi boca. "Ahora haz lo que te digo, o la próxima serás tú" . Miré a Elena, y en sus ojos, no había miedo. Asentie, con el látigo en mano. Cerré los ojos, y el golpe resonó. No era la Guadalupe de antes. Pero entonces, las heridas del látigo brillaron con una luz verdosa, apenas visible. Y sanaron. Al instante. Ella no era humana. No era una pariente lejana. ¿Una bruja? ¿Un espíritu? El miedo me invadió, un miedo profundo y real. ¿Qué horrible secreto guardaba esta mujer con los ojos de mi madre? ¿Y qué papel jugaría yo en la retorcida danza de Don Ricardo y su sed de sangre y poder? Algo terrible estaba por venir.”
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