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Cuando el Amor Se Quiebra

Capítulo 2 

Palabras:680    |    Actualizado en: 07/07/2025

y apenas me dirigía la palabra. Yo seguía mi rutina en la panadería, el trabajo

rando por la ventana hacia el jardín oscuro. Cuando me acerqué, se dio

yuno era nuestra última oportunidad para convencerlo. Tu... tu

nada.

asó una mano por el cabello, un gesto de

retroceder. "Fui insensible. Lo del reloj... fue demasiado. Estaba...

e la magnate de la moda, sino la de la mu

alentoso. Quería motivarlo.

rte de mí quiso creerle, quiso que todo volviera a s

oj representaba. El dinero que gastaste en él, el favoritismo descarado. Nosotros teníamos un acuerdo, una

y la puse sobre la barra de granito entre nos

tú tomaste los frutos de ese mundo y se los regalaste a u

rectamente

la confianza. Si vuelves a hacerme sentir así, si vuelves a faltarme al respeto de esa manera, las consecuencias se

miedo genuino. Vio en mis o

amente, trag

pasar. Te lo prometo, Ricardo. Mantendré

pero yo había visto algo en ella, una fascinación por el poder y la adulación que no de

a en sus palabras. La Sofía que yo conocía, la que luchó a mi lado, parecía haberse perdido en el ref

que no hacía en años, y preparó el desayuno. Huevos revueltos, exactamente como me gustaban. El g

s bien el día," dijo c

borrar la imagen de ella ajustándole el reloj a Luis. No podía borrar la frialdad en mi corazón. Mientras ella intent

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Cuando el Amor Se Quiebra
Cuando el Amor Se Quiebra
“El aroma a pan recién horneado siempre había sido mi refugio, un recordatorio de la vida simple que amaba, incluso mientras la fortuna de mi esposa, Sofía, crecía exponencialmente. Éramos Ricardo, el panadero humilde, y Sofía, la magnate de la moda; un contraste que, según ella, nos hacía fuertes. Pero esa fortaleza se desmoronó cuando un reloj de lujo, un regalo para su joven asistente Luis, se convirtió en el símbolo de una traición pública. Lo vi en la panadería, entregándole el costoso reloj con una familiaridad hiriente, como si celebraran un secreto que no me incluía. Intenté hablarlo esa noche, pero Sofía, con una frialdad que me destrozó, desestimó mis sentimientos, acusándome de celos infantiles. Años de lealtad, de construir su imperio hombro con hombro, se desvanecían bajo la sombra de un descarado favoritismo. El desprecio se hizo público en la fiesta anual de la empresa. Luis, exhibiendo un nuevo y más caro reloj aún, se jactaba de la "generosidad" de Sofía, mientras ella nos observaba y giraba la cara. Escuché los murmullos, las miradas de lástima de los demás, confirmando que mi humillación era el espectáculo de la noche. ¿Cómo podía la mujer que me prometió un "nosotros contra el mundo" pisotear nuestra promesa con tanta indiferencia? ¿Era ciego o el único que no veía que este hombre ponía en peligro todo lo que habíamos construido? La ira y la decepción se fusionaron en una decisión fría: Sofía no solo había roto una promesa; había declarado la guerra. Y yo, el Vargas que nadie conocía, estaba a punto de recordarle al mundo lo que significa el verdadero poder.”
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