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La Llave Dorada, Mi Poder

Capítulo 2 

Palabras:458    |    Actualizado en: 04/07/2025

ención de marcharme. Este c

ónde crees

bro, deteniéndome. Su agarre era fir

do permiso de i

e con un movimiento

mano de mí

Eso pareció desconcertarlo por un segundo,

honestos. Siempre fuiste un bicho raro. El pobretón que se creía mejor qu

ndo el lujoso salón y a sus

n departamento en Polanco y un Ferrari por mi graduaci

ajo y predecible que

, el botón que siempre habían presiona

no fun

ar, Rodrigo," respondí, mirándolo directamente a los ojo

grupo, mi voz resonando con

ero la verdad es que la mayoría de ustedes no estarían ahí si no fuera por los cheques de sus padres.

taló en el grupo. Mis palab

iaron la mirada, vis

los que se rinden. Su c

lenguaje corporal era agresivo, sus puños apretados. "

'donación' que tu padre hizo a Harvard para que te aceptaran no fue solo generosa. Fue escandalosa. Me pr

areció del ros

íbula s

us miradas pasando de

un nervio. Un

acababa d

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La Llave Dorada, Mi Poder
La Llave Dorada, Mi Poder
“Llegué a la reunión de exalumnos, un fantasma en mi propio pasado, el hijo del conserje entre trajes de diseñador y relojes caros. Mis antiguos compañeros, ahora "exitosos", me ignoraban, como si limpiar pizarras fuera la única marca que dejé. Entonces, la prepotencia de Rodrigo, el hijo del magnate, rompió el silencio con una burla: "¿Qué haces aquí, Ricardito? ¿Vienes a servir tragos?". Las risas estallaron mientras él tiraba un fajo de billetes a mis pies, exigiéndome que me arrodillara para limpiar sus zapatos con mi saco. La humillación era familiar, un sabor amargo en la boca que siempre supe tragar. Sentí la injusticia quemarme el alma: ¿cómo podían estos parásitos comprados y pagados creerse superiores? Pero de mi bolsillo saqué una llave dorada, un símbolo que ellos no reconocían, la prueba de que el poder verdadero no se compra, se gana. Esta vez, el hijo del conserje no se arrodillaría; se levantaría y les mostraría el verdadero significado de la autoridad. Mi padre me enseñó algo que su dinero jamás compraría: dignidad y honestidad. Y ahora, era el momento de abrir una puerta que ellos ni siquiera sabían que existía, una puerta que aplastaría su mundo de privilegios. No solo iba a asistir a la reunión; Rodrigo, acababas de firmar la sentencia de tu propia familia, y ni cuenta te dabas. Porque la Academia, y quienes portamos su llave, no perdonamos. Jamás.”
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