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La Llave Dorada, Mi Poder

Capítulo 1 

Palabras:657    |    Actualizado en: 04/07/2025

cinco estrellas y el olor a d

o de zapatos italianos y la arrogancia

n jóvenes "exitosos", se movían por el lugar con la solt

sus conversaciones giraban en torno a sus viajes a Europa, sus nuevos autos

de esa misma escuela, me sentía co

rca. No era barato, pero en este mar de

i lado, sus miradas rozándome sin registr

el chico que limpiaba los pizarrones d

oz chillona rom

er! ¿Ricardo

aba a mí con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Su vesti

í que... bueno, no im

. Creía que yo no per

el," respon

í se fijaron en mí, cargadas de una mezcla de curios

e Don Manuel,

hace

en lo i

un sabor amargo en la boca que había

todos, se abrió paso. Acababa de llegar de Harvard, o

sa burlona. "Ricardito, el genio becado. ¿Qué te trae por la

esonaron a

tulos de universidades de élite. Yo tengo mi diploma de Harvard enm

ra directa, dise

saqué un pequeño ob

un di

una

cado y un símbolo que ninguno de ellos podía

," dije, mi voz tr

oltó una

lave maestra del cuarto de las

n una lástima fingida que era

a, me miró con genuina preocupación, pero no se a

ojos llenos de burla, y un cans

é había

ltima vez el mundo que me había rechazado y

os, no entendía el verdadero significado del poder. S

cambio, la ha

una puerta que ellos ni si

ara mis adentros. "Tengo cosas m

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La Llave Dorada, Mi Poder
La Llave Dorada, Mi Poder
“Llegué a la reunión de exalumnos, un fantasma en mi propio pasado, el hijo del conserje entre trajes de diseñador y relojes caros. Mis antiguos compañeros, ahora "exitosos", me ignoraban, como si limpiar pizarras fuera la única marca que dejé. Entonces, la prepotencia de Rodrigo, el hijo del magnate, rompió el silencio con una burla: "¿Qué haces aquí, Ricardito? ¿Vienes a servir tragos?". Las risas estallaron mientras él tiraba un fajo de billetes a mis pies, exigiéndome que me arrodillara para limpiar sus zapatos con mi saco. La humillación era familiar, un sabor amargo en la boca que siempre supe tragar. Sentí la injusticia quemarme el alma: ¿cómo podían estos parásitos comprados y pagados creerse superiores? Pero de mi bolsillo saqué una llave dorada, un símbolo que ellos no reconocían, la prueba de que el poder verdadero no se compra, se gana. Esta vez, el hijo del conserje no se arrodillaría; se levantaría y les mostraría el verdadero significado de la autoridad. Mi padre me enseñó algo que su dinero jamás compraría: dignidad y honestidad. Y ahora, era el momento de abrir una puerta que ellos ni siquiera sabían que existía, una puerta que aplastaría su mundo de privilegios. No solo iba a asistir a la reunión; Rodrigo, acababas de firmar la sentencia de tu propia familia, y ni cuenta te dabas. Porque la Academia, y quienes portamos su llave, no perdonamos. Jamás.”
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