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Vivo Por Sí Misma

Capítulo 3 

Palabras:750    |    Actualizado en: 03/07/2025

s, los profesores apáticos y los compañeros desinteresados, para mí, era un infier

r atención a una clase que podría haber

examen de finanzas, s

ión de ayuda, era una orden, vi en sus

eso, Camila, eso

ió con su

quién le va a echar la culpa, va a decir que no te esforzaste lo su

ndido a usar la filosofía de mi padre como un arma, había convertido

e, solo vería mi "fracaso" e

Camila frente a mí y el mío a un lado, me sentí comple

ón, una decisión torcida, rota

ualdad, les d

con el conocimiento que a ella le faltaba, luego, tomé mi propi

, le entregué a

solo tienes

in siquiera da

el resultado fue el que yo había diseñ

estaba

diante de orgullo. "¡Esto es lo que yo siempre qui

n billete de quinien

hermana mayor comparte su tale

a, él estaba celebrando un fraude, una mentira que

ho era tan físico, tan real, que necesitaba una salida, alg

y saqué una navaja de repues

fina apareció al instante, el dolor agudo fue un alivio,

de morir, era un intento de sentir algo

lenciosos grab

ente, yo llevaba una blusa de manga corta y al levantar

, una mezcla de co

que tienes

idamente, con el

apá, me

iendo tonterías para llamar la atención? Porque si es así, no f

a propia navaja, mi grito de ayuda

bía e

dad me escuchó sin juzgarme, me dio un nombre para mi sufrimiento: trastorno

s vivido no es normal, el amor no debería doler así, la igua

que no estaba loca, q

aíz de mi enfermedad no estaba en mi cerebro, si

ego, era el arquit

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Vivo Por Sí Misma
Vivo Por Sí Misma
“El olor a aceite quemado y ese humo picándome los ojos fueron la primera señal del infierno que vivía. Mi padre, un chef aclamado, me miraba con esa decepción familiar, no por el desastre en la sartén, sino por mí. "Camila solo estaba aprendiendo, tenías que ser paciente con ella", decía con una voz tranquila que me aplastaba. Mi hermana, Camila, lloraba lágrimas falsas, un truco para ganarse a papá, mientras yo callaba la verdad de su sabotaje. Para mi padre, mi talento no era un don, sino una carga, una deuda perpetua con mi mediocre hermana, a la que había que "nivelar". Una vez me dijo: "No es justo para Camila que tú siempre seas la mejor". Así crecí, mi esfuerzo castigado, la mediocridad de Camila premiada, viviendo con una ansiedad que mi padre llamaba "drama". Cuando fui aceptada en la mejor escuela de gastronomía, y Camila no, mi padre tuvo la "solución justa": "Vas a cederle tu lugar a Camila, es tu deber como hermana". En mi furia, le grité que su "igualdad" me había enfermado, y él, en un arrebato, derramó café hirviendo sobre mi mano. Camila, con una sonrisa satisfecha, me soltó: "Para papá, tú y yo siempre seremos lo mismo, no importa cuánto te esfuerces". En ese instante, algo se rompió dentro de mí: el amor, la esperanza, todo. Esa noche, con la quemadura hirviendo en mi piel, empaqué una pequeña mochila, sin rumbo fijo, solo con la certeza de que debía irme o moriría. Me paré en un puente, al borde del abismo, mi teléfono vibrando con las amenazas de mi padre: "Vuelve a casa ahora mismo, Sofía, no hagas esto más difícil". Pero un desconocido se acercó, revelando sus propias cicatrices, y me dijo: "Tu vida es tuya, no dejes que gane, no les des el gusto, vete de aquí, pero vive". En ese momento, mi padre me encontró, y mientras me sostenía la mano quemada, me advirtió: "Me has hecho pasar una vergüenza terrible, arreglaremos esto en casa". Pero ya no había "nosotros", ni "hogar". Encerrada en mi cuarto, hice lo único que quedaba: marqué un número prohibido, el de mi tía Elena. "Tía Elena, soy yo, Sofía... ¿puedes venir por mí?". Hubo un silencio atónito, luego, sin dudarlo, ella respondió: "Claro que sí, mi niña, voy para allá ahora mismo".”
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