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Un Castigo Llamado Amor

Capítulo 4 

Palabras:705    |    Actualizado en: 02/07/2025

gnificaba algo. Ahora, después de lo que él me había hecho, esa ancla se sentía como una cadena que me ahogaba. Mi pilar se había derrumbado, dejándome caer en un abismo de la nada. Me desl

a ponerme un vestido caro y maquillaje, para parecer presentable. El destino: una fies

por completo, sus ojos solo para Isabel, que brillaba a su lado. Me ordenó servir bebidas, com

versaciones vacías. Al final, cuando los invitados se ib

ras. "Esto es lo que podrías haber

de billetes al suelo, repitiendo l

Es tu paga po

ta. Vomité en una maceta cercan

ta. Y no olvides lo

o de mi encierro era demasiado vívido. Sabía que si lo desafiaba, él me encontraría y

gó una caja de terciopelo. Dentro, un diamante tan grande y brillante que parecía falso. El anillo qu

ón, degustar el menú. Tenía que organizar la boda de ensueño del hombre que amaba con la mujer que

consumía por dentro. La noche antes de la fiesta de compromiso oficial, estaba exhausta. Me

so

primera vez. El sol era cálido, y su sonrisa era genuina, llena de amor. Me levantó

o en el sueño, su frente pegada

uso en el sueño. Era un dolor dulce, un anhe

lidad fuera aún más insoportable. Me aferré a ese momento,

a me despert

o de la siest

con una sonrisa satisfecha en su rostro perfecto.

goteando veneno. "Tienes mucho trabajo que hace

s empezaron a temblar. El sueño se desvaneció, reemplazado

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Un Castigo Llamado Amor
Un Castigo Llamado Amor
“El olor a desinfectante y sangre invadía mis pulmones. Mi hermano Mateo yacía en la cama del hospital, su pequeño cuerpo conectado a tubos, destrozado por los hijos de Ricardo Valenzuela, el narco que controla la ciudad. Pero en ese infierno, el doctor me soltó otra sentencia: "Es cáncer gástrico, etapa avanzada". No podía creerlo. No había tiempo para mí, Mateo me necesitaba. Justo cuando mis esperanzas se agotaban, el cheque del seguro de vida de papá, un agente de la Patrulla Fronteriza, llegó. Era una miseria. La siguiente cirugía de Mateo era en una semana. Necesitaba más dinero. Mucho más. Afuera, los hermanos Valenzuela me esperaban, con sonrisas torcidas. Se burlaron de Mateo, me rodearon. Corrí ciega, las lágrimas nublando mi vista, hasta que choqué con un cuerpo duro. Un olor familiar inundó: tabaco caro y loción. Levanté la vista. Era él. General Alejandro Vargas. Mi protector, mi primer amor, ahora me miraba con ojos fríos. Junto a él, Isabel de la Torre, la mujer que me había robado mi vida. "¡General, esta mujer intentó extorsionarnos!", mintió Javier, el mayor de los Valenzuela. Esperé una pizca de duda en Alejandro. No había nada. Sus ojos me juzgaban, me condenaban. Su silencio fue peor que cualquier golpe. Pasé cinco años encerrada en un infierno, destrozada, pero guardando un secreto mortal. Recogí los billetes que Alejandro me arrojó, como si mi vida valiera tan poco. "Das asco", siseó. "Siempre se ha tratado de dinero para ti". Me tragué mi orgullo, mi dolor. Me convertí en la villana que necesitaba que fuera. Me arrastró a su penthouse, me empujó contra la pared. " "¿Te gustó el espectáculo de hoy? ¿Disfrutaste arrastrarte por mi dinero?" " No era solo posesión, era castigo. " "Isabel está embarazada," " dijo, clavándome un cuchillo en el corazón. Me forzó a organizar su boda, a ver cómo construía una vida sobre las ruinas de la nuestra. Soñé con el Alejandro que me amaba, pero Isabel me despertó con una sonrisa llena de odio. Derramó jugo sobre su vestido blanco, y Alejandro, cegado por la furia, me obligó a beber una botella entera de champán. " "¡Miente! Lo hizo a propósito. ¡Me odia! ¡Está celosa!" " sollozó Isabel. Cuando despertó con fiebre, delirando, susurró el nombre de Isabel. Así que llamé a Isabel. " "Dile que fuiste tú quien pasó la noche con él." " Me desplomé en la acera, inconsciente. Él no me llamó. No preguntó por mí. Tres meses después, Alejandro encontró el diario de Sofía. Descubrió la verdad: su amor, su sacrificio, su cáncer. El dolor lo golpeó como un rayo. Sofía no era la traidora. Era la mártir. Con el corazón destrozado, Alejandro canceló su boda y castigó a quienes la dañaron. Pero ya era demasiado tarde. Sofía había muerto en el incendio, y su cuerpo fue disuelto por la ciencia. Desapareció. Ni cenizas, ni huesos, ni tumba. Alejandro, el poderoso General, se convirtió en un vagabundo, atormentado por su culpa. " "Sofía," " susurraba a las olas, al viento, a la nada. " "Sofía, mi amor, ¿dónde estás? Estoy aquí. Esperando. Siempre esperándote." "”
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