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Papá de Espíritu Me Protege

Capítulo 3 

Palabras:828    |    Actualizado en: 01/07/2025

irigió directamente a la tienda de dulces, la única que todavía estaba abierta a esas horas. La luz cálida que salía por la puerta

ogedor se rompió en cuanto el dependiente lo vio. Era un hombre gord

ó el hombre, "¿No ves que este no es lu

a la noche, se apartaron de él como si tuviera una e

lo, pero se esforzó por sonar firme, "soy Pedrito, el

tó una carcajada e

ó, "La patrona no tendría un hijo tan sucio y andrajoso

y agarró a Pedrito por el brazo, su

ando por zafarse, "¡Mi papá me mandó a com

ento, las monedas se le escaparon de la mano y rodaron por el empedrado. Se quedó ahí, inmóvil, la h

ave en su hombro. Levantó la vista y vio a una m

, preguntó la mujer, su

do asentir, inc

ad de su cara. Luego, de su canasta, sacó el dulce de leche

s, "te lo regalo, hoy es un día de celebr

ojos muy abiertos, sin

ra, muchas gra

, Doña Elena, está dando una gran fiesta en la hacienda para celebrar que el capataz, Don Ricardo, se ha re

re moría, su madre celebraba la recuperación del hombre que le había robado la vida. La traición era tan amarga, tan total, qu

ndía. Para ella, su padre no era su esposo, era solo una herramienta, un sacrificio necesario para el bienestar de su h

n su corazón era tan intenso que era casi físico. Miró a la mujer, que s

rito, pero esta vez su

esfuerzo. Mientras caminaba, pasó junto a la casa del herrero. A través de la ventana abierta, vio al herrero cenando con s

pero su madre... su madre era una extraña, una reina de hielo que lo había abandonado en el momento en que más la necesitaba. Ahora, se daba cuenta, no so

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Papá de Espíritu Me Protege
Papá de Espíritu Me Protege
“Juan, el charro más respetado de la hacienda, agonizaba en su cama. Su propia esposa, Doña Elena, veía con frialdad cómo le extraían la sangre, una sangre destinada a salvar a Don Ricardo, el capataz, por quien, decían, se estaba muriendo Juan. Pedrito, mi hijo de cinco años, entró corriendo, sus ojitos llenos de pánico al ver a papá tan pálido. "Mamá, por favor, ayuda a papá," suplicó, "se está muriendo." Pero ella, como una reina de hielo, me ignoró, sus ojos solo mostraban irritación fría. "Tu padre está haciendo lo que debe, está cumpliendo con su deber para con esta hacienda," me dijo, y luego me mandó callar y me abandonó, dejándome a merced del cruel Ricardo. Cuando volví al lado de mi padre, vi su respiración volverse más superficial, más débil. Corrí a buscar ayuda, pero en el patio, Don Ricardo me detuvo, más sano que nunca, y con una sonrisa burlona me dijo: "Ladra para mí, Pedrito, ladra como el perrito que eres." La humillación me ahogó, pero por mi padre, abrí la boca y un ladrido ahogado y patético salió de mi garganta. Los sirvientes murmuraron sobre mi madre, sobre cómo me odiaba ¡incluso parecía que yo no era su hijo! Mientras, Ricardo se reía a carcajadas, una risa que resonó en la peor noche de mi vida. Papá, ¿por qué mamá nos odiaba tanto? Ya no podía respirar, mi cuerpo se enfriaba, pero una última pizca de fuerza me ayudó a pedirle a Pedrito un último favor: "Necesito que me traigas un dulce de leche, mi niño. Y a partir de hoy, no solo serás Pedrito, serás 'El Justo' ." Y así, mientras mi hijo corría por el dulce de leche, yo el charro Juan, moría. Mi espíritu se elevó, y no sentí odio, solo una profunda y abrumadora tristeza, pues vi a mi alma y a mi pequeño Pedrito, solos en un mundo cruel, con una traición que nos había destrozado.”
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