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Leche, Sangre y Furia en Gamarra

Capítulo 2 

Palabras:864    |    Actualizado en: 30/06/2025

taba, ni siquiera me miraba. Por un momento estúpido, pensé que tal vez la confro

ivocada

los de licra. Era un lugar pequeño, aislado y con poca luz, un laberinto de estanterías me

el chirrido de la puerta metálica al cerrars

loqueando la única sal

lo que recordaba, un muro de músculos con una camiseta que le quedaba pequeña. B

¿no?», dijo Yolanda con una sonrisa torcida. «Ay

e mí, frío y paraliza

a señora Scarlett tiene algo para ti. Un regalo.

hacia mí, sus movimient

ocediendo hasta chocar con una estanterí

mujerzuela como tú? Yo soy una pobre viuda con un hijo enfermo. Tú e

sin aliento. Lo t

atrápala»

me escabullí por un pasillo

aguda por el pánico. «¡Si

aza simple pareció penetrar la niebla de su m

olanda. «Solo quiere jugar. Agárrala fuert

n se desvaneció, reemplazada por una determinaci

la de rollos de tela. Sus manos enormes se cerraron sobre mis b

se acercó, sacando su teléfono. A

eo. «Esto nos servirá de seguro. Si vuelves a abr

lo querían asaltarme, quer

mi blusa. La misma que había remendado la noche anterior. Los botones s

bre mi piel. El asco y el terror me

usar: su cabello. Tenía una mata de pelo grueso y gra

nfantil, y aflojó su agarr

tó Yolanda, y se

cabeza rebotó contra los rollos de tela. Las luces del almacén p

ndo. Yolanda estaba de pie sobre mí,

levantando la mano pa

preparándome p

golpe nu

É DEMONIOS EST

retumbó en el

a puerta, con la cara pálida de

el aire. La expresión de su rostro pa

abalanzó, apartó a Yolanda de m

ritó a Yolanda. «¡Tú y

Agarró a Máximo del brazo y lo arrastró fu

lado. «Scarlett, ¿está

a blusa hecha jirones y la mejilla ardiéndome por el golpe. Las lá

l terror y la humillación se habí

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Leche, Sangre y Furia en Gamarra
Leche, Sangre y Furia en Gamarra
“Volví al taller en Gamarra después de mi licencia de maternidad, sintiendo el aroma a tela nueva y el alivido de volver a trabajar. Pero mi primer día se convirtió en una pesadilla cuando Yolanda Trebor, una costurera mayor, me hizo una extraña y grotesca petición: quería mi leche, pero no para un bebé. La exigía para su hijo de diecinueve años, Máximo, creyendo que lo "curaría" y solo si se la daba directamente. Cuando la rechacé, su amabilidad forzada se transformó en pura furia. Me atacó en público, intentó rasgar mi blusa y luego, al día siguiente, me acorraló en un almacén oscuro con Máximo. Él intentó asaltarme mientras ella grababa con su teléfono, prometiendo humillarme si hablaba. Logré defenderme temporalmente, pero el horror y la humillación me invadieron. Acudimos a la policía, pero el oficial desestimó todo como una "disputa vecinal", alegando que Yolanda era una "pobre viuda con un hijo discapacitado". Ella se salió con la suya, intocable, burlándose de mí en la calle y prometiendo que conseguiría lo que quería. La injusticia me carcomió: el sistema me había fallado, dejándome a merced de su locura, sin protección. En ese momento, entendí que si la ley no me defendería, yo misma lo haría, y si la debilidad era su escudo, usaría la mía. Fue entonces cuando recordé a mi abuela, Doña Inés, una vendedora ambulante ruda, y a mi sobrino adolescente, Patrick, un boxeador en ciernes. Ambos, a los ojos de la sociedad, también eran "débiles" e intocables. Decidí que haríamos que Yolanda probara su propia medicina, usando sus mismas reglas. Mi guerra acababa de empezar.”
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