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La Jaula de Los Olivos de Mi madre

Capítulo 4 

Palabras:718    |    Actualizado en: 25/06/2025

te de salida, pero necesitaba dinero. La finca apen

r, me había hablado de unos ahorros. "Para cuando necesites volar, hijo. Que nadi

ahora tenía

odio y un silencio sepulcral. Carmen y yo apenas hablábamos, per

había una pequeña caja de metal. Dentro, había una libreta de ahorros y una cantidad de di

jos se iluminaron. La libertad

e solo lo imprescindible. El Tío Manuel nos ll

Sevilla, al sur. Le daría su parte del dinero para que pudiera matr

Esperamos a que Isabel se durmiera. El crujido

aleras en silencio. Estábamos a punto de abrir la p

pie, con un camisón bla

eéis que vai

rradora. Debió de oírnos.

erminación en nuestros rostr

rostro se contrajo en u

¡Después de todo lo que he hecho po

no nos afec

os con ella. Agarró una caja de cartón donde guardaba nuestros recuerdos de

una botella de alcohol de quema

uertos para mí", declaró, con

ó una c

s no necesita

, consumiendo nuestra infancia en segundos. El olo

cie de letanía fúnebre, dando

tierro a mis hijos. Que sus a

emencial. Carmen empezó a temb

le susurré

la puerta. Sus gritos y su canto mac

! ¡Ojalá os murá

ramos

inal del camino, con el motor d

la silueta de mi madre bailando alrededor de las lla

eza. Solo un i

os l

armen en Sevilla, en la puerta de su nueva escuela.

e, herm

mbién,

ia el norte, hacia el País

n fue llamar a Sofía. Le conté todo. Su voz

bién me voy. A estudiar enología a La Rio

o. Quizás, solo quizás, el futuro

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La Jaula de Los Olivos de Mi madre
La Jaula de Los Olivos de Mi madre
“Morí a los treinta y tantos, roto y sin un euro, una vida consumida por una depresión que solo conocía el amargo sabor del "deber filial". Mi madre, Isabel, se aseguró de que cada uno de mis sueños fuera aplastado bajo el peso de su amor retorcido: mi ambición de chef, mi amada Sofía, incluso un simple trabajo, todo fue sofocado con amenazas y un chantaje emocional despiadado. Me desangré lentamente, atrapado en la finca de olivos que ella llamaba hogar, pero que para mí era solo una prisión, con ella, mi carcelera, observando mi último aliento sin una sola lágrima, solo un suspiro de decepción. Su voz resonó en mi lecho de muerte, una sentencia cruel que nunca olvidaría: "Si hubiera sabido que saldrías así, te habría dejado en el campo el día que naciste". Y entonces, abrí los ojos; el sol andaluz inundaba mi antigua habitación, y la inconfundible voz de mi madre me llamaba a desayunar, como si nada hubiera pasado. Había resucitado, regresado a mis dieciocho años, el mismo día en que las solicitudes para la mejor escuela de cocina de España estaban a punto de cerrarse, el mismo día en que mi sueño fue aplastado la primera vez; pero esta vez, la helada calma me invadió, sabiendo que el guion de su chantaje no había cambiado, y que yo, conociendo el final, estaba listo para reescribir mi historia.”
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