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La Sombra del Pincel

Capítulo 2 

Palabras:519    |    Actualizado en: 24/06/2025

, sacándome de mi trance. Era un número de

rita S

dico del hospital.

empeorado críticamente. Los tratamie

elo desaparecía

te experimental. Es s

nté, aunque ya sa

astronómica, mucho más allá de lo que el "salario" d

ano era ensordecedor. Miré mis manos, m

a, comencé

saje insípido

mi historia. La historia de mi dolor, de mi herencia oaxaqueña, de los

el café y la desesperación. Cada

gro. Necesitaba ayuda. Solo había

te

robo de Isabella. La poderosa familia de ella lo amenazó para que guardara sil

sde un telé

tú?," su voz s

o tu ayuda. Es

silencio al otro lado

ofía. La familia

pción, Mateo. Se

sa. Podía oír su r

mente, su voz apenas un

o años, sentí una peque

jó al sótano. No venía a recoge

de lo que yo ganaba en un mes. Se paseó p

ndo en algo... especial," dijo, s

costillas. Había escondido el polí

tro encarg

sonrisa que no ll

Huele a... ambición. A esa su

eto de un alebrije que había hech

s dedos, como

se vende, querida. Recu

go lo pisó con su tacón de aguja, molien

estruir ese pequeño pedazo de m

," dijo, dirigiéndose a la salida.

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La Sombra del Pincel
La Sombra del Pincel
“Durante cinco años, el olor a trementina y soledad ha sido mi único compañero en el sótano de la mansión de Alejandro. Cada obra maestra que creaba, cada pincelada nacida de mi alma, era firmada por Isabella, la aclamada artista, mientras yo permanecía invisible. Era mi condena, pero también la única esperanza para la supervivencia de mi hermano Luis. Hasta que la llamada del hospital detonó mi mundo: la condición de Luis había empeorado críticamente. Necesitaba un trasplante experimental, una suma astronómica que el "salario" de Alejandro nunca podría cubrir. Era el fin. En mi desesperación, pinté mi obra maestra, un políptico que narraba mi alma, mis raíces de Oaxaca. Pero Isabella lo descubrió. En un ataque de celos y rabia, no solo rasgó mi lienzo con un cúter, sino que en la lucha, aplastó mi mano derecha, mi mano de artista, reduciéndola a jirones. Luego llegó la llamada: mi hermano, Luis, había muerto. Mi arte estaba muerto, mi hermano estaba muerto, y yo, Sofía, yacía en el suelo de ese sótano, mi espíritu tan destrozado como mi mano. ¿Cómo se podía robar tanto, humillar tanto, destrozar tanto, y salirse impune? La soledad y la injusticia se volvieron el aire que respiraba. Con nada más que perder, me arrastré hasta mi viejo diario. Con mi mano izquierda destrozada, no escribí sobre mi dolor, sino la verdad: la traición de Isabella, mi cautiverio, la destrucción de mi arte y la complicidad de Alejandro. Era mi última obra, mi testamento, antes de apagarme para siempre. Lo que no sabía es que mi silencio se volvería el arma más ruidosa en la caída de un imperio de mentiras.”
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