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El Protegetor Invisible

Capítulo 1 

Palabras:898    |    Actualizado en: 20/06/2025

decisión por mí. Me

me a los ojos. Su voz era dura, como siempre. "La finca de Mendoza nec

Para ellos, yo era una pieza en su tablero, una herrami

eto, el enólogo que creaba los vinos que le d

nterior, una vida de humillación que terminó en

esta donde to

la que cuidé durante meses mientras s

s ese medallón?", preguntó

le había regalado, el que yo

"Es una reliquia familiar, Isa

a mentira. "Siempre ha s

ó. El sonido resonó en el gran salón de la bode

nueva vida, las cosa

. No buscaría la aprobación de

con una calma qu

, dije. "Iré

el ceño, sospecha

n m

mbra de Ricardo, el genio invisible detrás del heredero cari

so Is

a no recordaba nada después de su accidente de yate. La cuidé du

ó "El G

completo, solo el a

ro, una mezcla de hierbas secas de nuestro

pre me encuent

falsa emergencia familiar. Me alejaron ju

entaron a

Guardián",

recuerdos borr

la hipocresía de mis

madre, su voz teñida de aliv

con un sarcasmo helado.

zar mi partida. Un billete de avión, una

bró. Un mensaj

amos en la finca.

ese mensaje fue el pr

a situación íntima. Ricardo me sonrió, v

céptalo. Soy

mensaje con el

, res

ía lo que encontraría. La m

atardecer bañándolos en una luz dorada.

una distan

Se separó de Ri

e que hayas venido". Su

s lo mejor", dij

necesitara recordármelo. "Tú eres su hermano m

te", respondí, mi rostro

Me miró, buscando algo en mi

extendiéndome una invitación. "La fiest

itación. "F

s, una extraña inquietud en s

gí de h

lta y regresó

sucedió. Igu

ido. Un

uras de madera que adorna

a, sin dudarlo un segundo, se la

a pesad

me quedé quieto pa

paso

lo donde yo había est

rprendidos. Yo los miré, con el p

a me rozó el brazo, abriendo

arado con el hueso ro

Luego miré a Isabella, que

preocupación por mí

grima, la última que derramaría

los

aca

nte se

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El Protegetor Invisible
El Protegetor Invisible
“Mis padres, los Vargas, me sentenciaron: iría a Argentina. Yo, Alejandro, el enólogo genio y anónimo para el mundo, el que creaba los vinos que daban fama a mi impresentable hermano Ricardo, debía marcharme. Mi madre, Carmen, y mi padre, Fernando, me veían solo como una pieza en su tablero, un sacrificio más para su primogénito. Por meses, cuidé de Isabella, la mujer que amaba, mientras ella sufría de amnesia, y me llamó su "Guardián". Pero fue en la fastuosa fiesta de compromiso de Ricardo e Isabella donde mi vida se fracturó para siempre. Ricardo, con una sonrisa triunfal, la engañó para que creyera que él era su verdadero "Guardián". Me acusaron, ante todos, de robar el medallón idéntico al que yo le había hecho a mano, ahora en manos de mi hermano. Mis padres confirmaron la mentira, tachándome de ladrón celoso, un paria perpetuo. Y entonces, frente a la élite vinícola, mi padre me abofeteó. El sonido resonó en la grandiosa bodega, y mi espíritu se hizo añicos en ese instante. Isabella me miró con absoluto desprecio, sin una pizca de duda en sus ojos, completamente convencida de la farsa. Más tarde, en el hospital, mi familia me ignoró, volcando su preocupación en Ricardo, mientras Isabella me culpaba por un accidente que casi me cuesta la vida. En mi propia habitación, Ricardo se regodeó, asegurando que ella siempre sería suya, que yo nunca importaría. Fui arrastrado al fondo de la piscina, acusado de intento de asesinato; luego encerrado en la antigua morgue, en la oscuridad y el frío. Allí, Isabella, mi supuesto amor, me forzó a confesar crímenes que no cometí. En el cumpleaños de Ricardo, me arrebató el reloj de mi abuelo, y me quitó el medallón que yo mismo llevaba, entregándolo a mi hermano como símbolo del "verdadero Guardián". Me dejaron sangrando en el suelo, mi padre golpeándome sin piedad, como si fuera menos que nada. ¿Por qué fue tan fácil para ella creer sus mentiras y tan imposible creer en mí? ¿Era mi destino una existencia de humillación y abandono, una condena impuesta al nacer? Nací solo para servir a Ricardo, para suplir sus carencias, para ser su sombra eterna y su chivo expiatorio. ¿Era este mi único propósito: el sacrificio perpetuo sin amor ni reconocimiento? Con el corazón vacío y la sangre aún en mis venas, tomé una decisión inquebrantable. Romí el billete de avión y firmé mi propia sentencia de muerte social: la renuncia a mi familia y a mi pasado. Dejé todo atrás en España, embarcándome en un nuevo futuro. Alejandro Vargas murió ese día; hoy nacería un nuevo hombre, libre por fin.”
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