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El aire en el salón principal del Hotel Real parecía haber sido filtrado por un congelador industrial. Afuera, la tarde en la ciudad caía pesada, sofocante y pegajosa, pero adentro del edificio no se movía ni una mosca sin el permiso del aire acondicionado. Delante de la mesa de caoba, una selva de micrófonos y flashes de cámaras esperaba el momento justo para disparar. Los periódicos locales y las revistas de negocios llevaban semanas vendiendo la misma historia: la boda del siglo, la unión que salvaría miles de empleos, el apretón de manos más caro de la década.
La realidad, sin embargo, olía a perfume caro mezclado con el sudor frío de dos personas que preferirían estar en cualquier otro rincón del planeta.
En el centro de la mesa reposaba el documento. No era una simple acta de matrimonio, sino un mamotreto de más de cien páginas amarrado con una cinta azul marino que los abogados de ambas partes habían revisado con lupa hasta la madrugada anterior. Las letras negras y tupidas dejaban claro que durante los próximos dos años ni el apellido Silva ni el apellido Del Valle darían un solo paso sin contar con la aprobación del otro.
Damián Silva acomodó el puño de su camisa de vestir sin perder la postura. Tenía la espalda recta, la mirada fija en el frente y esa cara de palo que utilizaba cada vez que le tocaba cerrar un negocio difícil. A sus treinta años, Damián no creía en las coincidencias ni en los cuentos de hadas. Para él, la vida se resumía en números que cuadraban o números que dejaban pérdidas, y en ese instante, el matrimonio era la única jugada que evitaba que la empresa de su familia se fuera directo al despeñadero.
A su lado, separada apenas por una silla vacía que nadie se atrevió a ocupar, estaba Renata Del Valle.
Renata no miraba a las cámaras ni a los abogados que susurraban a sus espaldas. Tenía los ojos puestos en la pluma estilográfica de plata que descansaba a pocos centímetros de su mano derecha. Llevaba un traje de chaqueta blanco, impecable, de esos que gritan seguridad sin necesidad de levantar la voz. Quienes la conocían de lejos pensaban que era una mujer distante, pero la verdad era que Renata simplemente no tenía tiempo para rodeos. Había sudado la camiseta para ganarse un puesto en la directiva de su familia, aguantando indirectas y zancadillas, como para dejar que un contrato firmado a la fuerza le arruinara la carrera.
-Señor Silva, señora Del Valle... si son tan amables -murmuró el abogado principal, un hombre mayor de patillas canas que sudaba a mares bajo la luz de los reflectores.
Damián tomó la pluma primero. La tomó con la firmeza de quien firma un cheque de rutina. No dudó un solo segundo. Trazó su firma con un garabato rápido, seco, casi agresivo, y deslizó la carpeta hacia el lado de Renata sin llegar a tocarle los dedos.
-Todo tuyo -dijo en un susurro rasposo, tan bajo que solo ella pudo escucharlo entre el murmullo de la sala.
Renata giró la cara lentamente y lo miró por primera vez en toda la tarde. Sus miradas se cruzaron como dos espadas de lata en un juego de niños que de repente se había vuelto demasiado serio. No había rabia desbordada en sus ojos, sino algo peor: un cálculo helado.
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