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Emily gritó tan fuerte que el sonido rebotó en las paredes de mármol del salón. Mi madre soltó la revista de alta costura que sostenía y, por un segundo, vi cómo su aliento se detenía. Entonces, ella también empezó a gritar, una mezcla de júbilo y alivio que pronto fue secundada por Ross y Joey. Lo que hace un momento era un santuario de sofisticación y calma, se transformó en un gallinero de emociones desbordadas.
Aquello solo significaba una cosa: había encontrado el vestido ganador. Pero, por alguna razón que se me escapaba, yo no me sentía una ganadora.
Dianne, mi asistente y la única persona que mantenía la cordura en medio de aquella locura nupcial, me tomó suavemente de los hombros. Su reflejo en el espejo me observaba con una mezcla de orgullo y advertencia.
-Estás preciosa, Blake -susurró cerca de mi oído, con esa voz de nana que lograba calmar mis tormentas más salvajes-. Pero recuerda: el vestido tiene que gustarte a ti. Sin importar lo que el resto del mundo grite.
Asentí con una sonrisa mecánica y fijé la vista en el espejo. La mujer que me devolvía la mirada era, objetivamente, una visión. El color perla del satén abrazaba mis curvas como una segunda piel, deslizándose con elegancia hasta abrirse en una "A" perfecta que moría en una cola infinita. Miles de cristales de Swarovski estaban bordados a mano, capturando la luz y transformándola en destellos que me hacían parecer envuelta en polvo de estrellas. Estaba impresionante. Era la novia que cualquier revista de sociedad mataría por tener en su portada.
Sin embargo, al bajar la vista hacia mis propios ojos, vi la grieta. No había brillo ahí, solo una tristeza sorda y antigua, la misma que se siente en los velorios. Estaba a punto de casarme con Chase, uno de los solteros más codiciados del país, el hombre que me había dado estabilidad durante seis años... y aun así, sentía que me estaba vistiendo para mi propio entierro.
De pronto, la imagen en el espejo se distorsionó. Por un segundo, no vi el lujoso salón de pruebas, sino unos ojos color ámbar que me observaban desde el pasado. Un rostro que había enterrado bajo toneladas de voluntad se reveló ante mí con una nitidez aterradora.
Sacudí la cabeza, sintiendo cómo mi pulso se disparaba de cero a cien en un latido. No, ahora no, me supliqué.
-Es perfecto -mentí en voz alta, mi voz sonando extraña a mis propios oídos.
-¡Es más que perfecto! -exclamó Emily, rompiendo el hechizo-. A mi hermano se le va a parar el corazón en medio del altar en cuanto te vea.
-¡Emily! -mi madre soltó un chillido de horror y, tras enrollar su revista, le dio un golpe juguetón a su nuera-. No seas vulgar. Es la boda del siglo, nada de comentarios impropios.
Mi madre se acercó y me pellizcó las mejillas con ternura. Sus ojos brillaban con un sueño que era más suyo que mío.
-Estás perfecta, mi niña. La novia más hermosa que ha visto el mundo.
-Gracias -respondí, aunque la palabra me supo a ceniza.
Alegando que no quería estropear la tela, me refugié en el probador con Dianne. Necesitaba salir de ese vestido; sentía que los cristales de Swarovski empezaban a pesarme como piedras de molino. En cuanto la cortina se cerró, el hoyo negro en mi estómago se expandió.
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