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Londres siempre lloraba en noviembre, pero a Mila Vane le gustaba pensar que la lluvia era solo un telón de fondo para su propio éxito.
El obturador de su cámara Canon hizo un clic seco, capturando el último destello del flash contra el rostro de la modelo de alta costura que posaba frente a ella. Mila bajó la cámara, revisó la pantalla digital y asintió con una sonrisa de satisfacción que le llegó hasta los ojos.
-Lo tenemos, Clara. Es perfecta -dijo Mila, frotándose la nuca para liberar la tensión acumulada tras cuatro horas de sesión ininterrumpida-. Terminamos por hoy. Buen trabajo a todos.
El estudio, un amplio loft de estilo industrial ubicado en el corazón del Soho, se llenó de inmediato con el bullicio del equipo recogiendo cables, focos y reflectores. Mila caminó hacia la gran ventana de cristal que daba a la calle empapada. Observó las luces de neón reflejándose en los charcos, un recordatorio constante de lo lejos que había llegado. Tres años atrás, había aterrizado en esta misma ciudad con una maleta a medio llenar, un corazón hecho pedazos y un secreto creciendo en su vientre. Ahora, su firma estaba en las portadas de las revistas de moda más prestigiosas de Europa.
Había sobrevivido. Se había reconstruido a sí misma ladrillo a ladrillo.
-Mila, el equipo se va -anunció Sarah, su asistente, sacándola de sus pensamientos-. Yo también me marcho. ¿Necesitas que me quede a organizar los contratos de la campaña de Milán?
-No te preocupes, Sarah. Ve a casa. Yo me encargo de cerrar hoy -respondió, girándose para regalarle una sonrisa cálida.
El estudio quedó inmerso en un silencio sepulcral diez minutos después, roto únicamente por el repiqueteo incesante de la lluvia contra los ventanales. A Mila le encantaba esta soledad. Era su santuario. Su territorio.
Caminó hacia la pequeña cocina integrada para servirse una copa de vino tinto. Suspiró, dejando que el aroma a roble y frutos oscuros la relajara. Estaba a punto de dar el primer sorbo cuando el timbre de la puerta principal, pesado y metálico, resonó por todo el local.
El sonido fue tan inesperado que casi deja caer la copa. Mila frunció el ceño. Eran las ocho de la noche. Las entregas habían terminado y no esperaba a ningún cliente. Apretó los labios, dejó la copa sobre la encimera y caminó hacia la entrada principal, secándose las manos en sus pantalones de sastre negros.
-Debe ser Sarah, seguro olvidó sus llaves otra vez -murmuró para sí misma.
Descorrió el cerrojo de seguridad y tiró de la pesada puerta de roble.
El aire en los pulmones de Mila desapareció.
No hubo un grito. No hubo un jadeo. Solo un silencio absoluto, denso y sofocante, como si la gravedad de la Tierra se hubiera multiplicado por diez de golpe.
De pie en el umbral, con un traje de tres piezas de color carbón que parecía esculpido directamente sobre su cuerpo, estaba el pasado del que había huido cruzando el océano Atlántico.
Caleb Thorne.
No había cambiado en absoluto. Su cabello oscuro estaba peinado con la misma precisión militar de siempre, cayendo apenas sobre su frente en una falsa muestra de descuido. Su mandíbula cuadrada, cubierta por la sombra de una barba de un día, estaba tensa, marcando las líneas de una furia contenida. Pero fueron sus ojos los que anclaron a Mila al suelo. Esos ojos grises, fríos como la superficie de un glaciar y afilados como el cristal roto, la atravesaron sin ninguna piedad.
Traía consigo el olor a lluvia, a poder, y a esa inconfundible colonia de cedro y bergamota que asaltaba las pesadillas de Mila cada madrugada.
-Hola, esposa.
La voz barítona de Caleb vibró en el pecho de Mila, baja, áspera y cargada de una autoridad que no admitía réplica. El sonido de esa palabra, pronunciada con tanta facilidad, fue como un latigazo en la habitación.
El instinto de supervivencia de Mila, afilado por años de convivir con tiburones en la industria, finalmente se activó. Enderezó la columna, alzando la barbilla con un desafío que le costó cada gramo de su fuerza de voluntad.
-Ex-esposa, Caleb. Y el título expiró hace tres años exactos. Qué irónico que hayas venido el día de nuestro aniversario de divorcio.
Caleb no sonrió. Ni siquiera parpadeó. Avanzó un paso hacia el interior del estudio, obligando a Mila a retroceder por puro reflejo. Su presencia era abrumadora, llenando el espacio que hasta hace un minuto le pertenecía solo a ella. Con un movimiento elegante, Caleb cerró la pesada puerta a sus espaldas. El clic de la cerradura resonó como la puerta de una celda.
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