Historia de una parisiense

Historia de una parisiense

Octave Feuillet

5.0
Comment(s)
36
View
16
Chapters

Historia de una parisiense by Octave Feuillet

Historia de una parisiense Chapter 1 No.1

Sería excesivo pretender que todas las jóvenes casaderas son unos ángeles; pero hay ángeles entre las jóvenes casaderas. Esto no es una rareza, y, lo que parece más extra?o, es que quizá en París es menos raro que en otra parte. La razón es sencilla. En ese gran invernáculo parisiense, las virtudes y los vicios, lo mismo que los genios, se desarrollan con una especie de exuberancia y alcanzan el más alto grado de perfección y refinamiento. En ninguna parte del mundo se aspiran más acres venenos ni más suaves perfumes.

En ninguna otra parte, tampoco, la mujer, cuando es bella, puede serlo más: ni cuando es buena, puede ser más buena.

Se sabe que la marquesa de Latour-Mesnil, aunque había sido de las más bellas y de las mejores, no por eso había sido feliz con su marido. No porque fuera un mal hombre, pero le gustaba divertirse, y no se divertía con su mujer. Por consiguiente, la había abandonado en extremo: ella había llorado mucho en secreto, sin que él se hubiese apercibido ni preocupado; después había muerto, dejando a la marquesa la impresión de que era ella quien había quebrado su existencia. Como tenía un alma tierna y modesta, fue bastante buena para culparse a sí misma, por la insuficiencia de sus méritos, y queriendo evitar a su hija un destino semejante al suyo, puso todo su empe?o en hacer de ella una persona eminentemente distinguida, y tan capaz como puede serlo una mujer, de mantener el amor en el matrimonio. Esta clase de educaciones exquisitas son en París, como en otras partes, el consuelo de muchas viudas cuyos maridos viven, sin embargo.

La se?orita Juana Berengére de Latour-Mesnil había recibido felizmente de la naturaleza todos los dones que podían favorecer la ambición de una madre. Su espíritu naturalmente predispuesto y activo, prestose maravillosamente desde la infancia a recibir el delicado cultivo maternal. Después, maestros selectos y cuidadosamente vigilados, acabaron de iniciarla en las nociones, gustos y conocimientos que hacen el ornato intelectual de una mujer. En cuanto a la educación moral, su madre fue su único maestro, quien por su solo contacto y la pureza de su propia inspiración, hizo de ella una criatura tan sana como ella misma.

A los méritos que acabamos de indicar, la se?orita de Latour-Mesnil había tenido el talento de a?adir otro, de cuya influencia no es dado a la naturaleza humana libertarse: era extremadamente linda; tenía el talle y la gracia de una ninfa, con una fisonomía un poco selvática y pudores de ni?a. Su superioridad, de la que se daba alguna cuenta, la turbaba; sentíase a la vez orgullosa y tímida. En sus conversaciones a solas con su madre, era expansiva, entusiasta, y hasta un poco charlatana: en público permanecía inmóvil y silenciosa, como una bella flor; pero sus magníficos ojos hablaban por ella.

Después de haber llevado a cabo con ayuda de Dios aquella obra encantadora, la marquesa habría deseado descansar, y ciertamente que tenía derecho a hacerlo. Pero el descanso no se hizo para las madres, y la marquesa no tardó en verse agitada por un estado febril que comprenderán muchas de nuestras lectoras. Juana Berengére, había cumplido ya diez y nueve a?os y tenía que buscarle un marido. Es ésta, sin contradicción, una hora solemne para las madres. Que se sientan muy conturbadas no nos extra?a; extra?aríamos que no lo estuvieran aún más. Pero si alguna madre debió sentir en aquellos momentos críticos mortales angustias, es aquella que, como la se?ora de Latour-Mesnil, había tenido la virtud de educar bien a su hija; aquella en que, modelando con sus manos puras a aquella joven había conseguido pulir, purificar y espiritualizar sus instintos. Esa madre tiene que decirse, que una criatura así dirigida y tan perfecta, está separada de ciertos hombres que frecuentan nuestras calles y aún nuestros salones, por un abismo intelectual y moral tan profundo como el que la separa de un negro de Zululand. Tiene indispensablemente que decirse, que entregar a su hija a uno de esos hombres, es entregarla a la peor de las alianzas, y degradar indignamente su propia obra. Su responsabilidad, en semejante materia, es tanto más pesada, cuanto que las jóvenes francesas, con nuestras costumbres, se hallan completamente imposibilitadas para tomar una parte seria en la elección de un marido.

Con pocas excepciones, ellas aman desde un principio candorosamente, a aquel que le designan por esposo, porque lo adornan con todas las buenas cualidades que desean.

Era, pues, con demasiada razón que la se?ora Latour-Mesnil se preocupaba de casar bien a su hija. Pero lo que una mujer honesta y espiritual como ella, entendía por casar bien a su hija, sería difícil concebirlo, si no se viese todos los días que las experiencias personales más dolorosas, el amor maternal más verdadero, el espíritu más delicado y aun la piedad más acendrada, no bastan para ense?ar a una madre la diferencia que existe entre un bello casamiento y uno bueno. Puede al mismo tiempo hacerse lo uno y lo otro y es seguramente lo mejor; pero hay que cuidarse mucho, porque sucede con frecuencia que un bello casamiento es todo lo contrario de un buen casamiento, porque deslumbra y por consiguiente enceguece.

Un bello casamiento para una joven que, como la se?orita Latour-Mesnil, debía llevar quinientos mil francos de dote, constituye tres o cuatro millones. Verdaderamente, parece que una mujer puede ser feliz con menos. Pero en fin, confesarase que es difícil rehusar cuatro millones cuando se ofrecen. Así, pues, en 1870 el barón Maurescamp ofreció seis o siete a la se?orita Latour-Mesnil por intermedio de una amiga que había sido su querida, pero que era una buena mujer.

La se?ora Latour-Mesnil contestó con la dignidad conveniente, que la proposición la lisonjeaba, y que sólo pedía algunos días para reflexionar y tomar informes. Pero así que la embajadora hubo salido, salió corriendo en busca de su hija, la estrechó contra su corazón y se echó a llorar.

-?Un marido, entonces?-dijo Juana, fijando en su madre su mirada de fuego.

La madre hizo un gesto afirmativo.

-?Quién es ese se?or?-replicó Juana.

-El se?or de Maurescamp...; mira, hijita mía, ésta es demasiada felicidad...

Habituada a creer a su madre infalible y viéndola tan feliz, la se?orita Juana no tardó en serlo también, y las dos pobres criaturas mezclaron por largo rato sus besos y sus lágrimas.

Durante los ocho días que se siguieron y que la se?ora Latour-Mesnil creyó consagrar a una investigación minuciosa sobre la persona de Maurescamp, su verdadera ocupación no fue otra que la de cerrar los ojos y los oídos, para que no la despertasen de su sue?o. Recibió, además, de su familia y amigos tan entusiastas felicitaciones con motivo de tan magnífica alianza, y vio tantos celos y enojos en los ojos de las otras madres rivales, que tuvo suficiente motivo para fortificarse en su determinación. El se?or de Maurescamp fue, pues, aceptado.

Otros matrimonios más ridículos se hacen; por ejemplo, aquéllos que se arreglan en una entrevista única en un palco de la Opera, entre dos desconocidos que después se conocerán demasiado. Al menos, la se?ora Latour-Mesnil y su hija habían encontrado muchas veces en los salones al se?or de Maurescamp; no era de sus íntimos, pero le habían visto aquí y allá, en el teatro, en el bosque: sabían cómo se llamaba, y conocían sus caballos. Esto era algo.

Por otra parte, el se?or de Maurescamp no dejaba de presentar ciertos rasgos especiales. Era un hombre de unos treinta a?os que llevaba con cierto brillo la vida parisiense. Sus títulos eran herencia de su abuelo, general bajo el primer imperio, y su fortuna, de su padre, quien la había adquirido honradamente en la industria. él mismo, ocupaba, gracias a su título, algunas agradables canonjías en las altas sociedades financieras. Hijo único y millonario, había sido muy engreído por su madre, sus criados, sus amigos, y sus queridas. Su confianza en sí mismo, su suficiencia, su gran fortuna, imponían a las gentes, y aun había algunos que lo admiraban. Le escuchaban en sus reuniones con cierto respeto. Hastiado, escéptico, satírico, frío y altanero para con todo lo que no era práctico; profundamente ignorante, a más, hablaba con voz ronca y alta, con autoridad y preponderancia. Tenía formadas sobre las cosas de este mundo, y particularmente sobre la mujer a quien despreciaba, algunas ideas bastante mediocres, que erigía en principios y sistemas, solo porque tenían el honor de pertenecerle: ?Yo tengo por principio... Entra en mis principios... Tengo por sistema... He aquí mi sistema...? Estas fórmulas aparecían a cada momento en sus labios. Si hubiese nacido pobre, no hubiera sido sino un hombro como cualquier otro: rico, era un necio.

La elección que este personaje había hecho de la se?ora de Latour-Mesnil, puede sorprender a primera vista. Primeramente, era un acto de gran vanidad, y también un cálculo. Se hablaba en la alta sociedad de la se?orita Latour-Mesnil como de una joven completa. Habituado a no rehusarse nada, y a ser el primero en todo, pareciole glorioso adornar su sombrero con aquella flor rara. A más de eso, tenía por principio que el verdadero medio para no ser desgraciado en el matrimonio, era el de unirse a una joven perfectamente educada. El principio no era malo en sí. Pero lo que ignoraba Maurescamp; era que para arrancar una de esas plantas selectas del invernáculo materno, y trasplantarla con éxito al terreno de los casados, hay que ser un horticultor de primer orden.

Físicamente era el se?or de Maurescamp un grande y bello joven, de color un poco encendido y de una elegancia un poco pesada. Fuerte como un toro, parecía deseoso de aumentar indefinidamente sus fuerzas; por la ma?ana ejercitábase en el balancín, tiraba las armas, ba?ábase dos veces al día con agua helada, y desarrollaba orgulloso dentro de un ancho gabán su busto suizo.

Tal era el hombre a quien la se?ora de Latour-Mesnil juzgó digno de confiarle el ángel que tenía por hija. Es verdad que tenía una excusa, que es la de todas las madres en casos análogos: sentíase un poco enamorada de su futuro yerno, y sumamente agradecida por la distinción que había hecho con su hija; parecíale en extremo inteligente y espiritual, puesto que había sabido apreciar su inteligencia; y juzgábale honrado y delicado por haber preferido su belleza y sus cualidades, a otras ventajas más positivas.

En cuanto a Juana, ya lo hemos dicho, se hallaba dispuesta a aceptar ciegamente la elección hecha por su madre. Por otra parte, como todas las jóvenes preparábase a enriquecer con sus dotes personales al primer hombre a quien le permitiesen amar, a adorarle con su propia poesía, a reflejar en él su belleza moral, y transfigurarle, en fin, con la pureza de su brillo.

Hay que convenir también, en que así que el se?or de Maurescamp hubo sido admitido a hacerle la corte, su actitud, sus procederes y lenguaje, respondieron pasablemente a la idea que una joven puede formarse de un hombre enamorado y amable. Todos los pretendientes que tienen mundo y una bolsa bien llena, se parecen poco más o menos. Los bombones, los ramos y las alhajas los adornan con suficiente poesía. A más, los menos romancescos conocen por instinto que en ciertas ocasiones hay que hacer un cierto gasto de idealismo, y no es raro el ver a algunos hombres exaltarse poéticamente delante de su prometida, por la primera y última vez en su vida, como cuando se les habla de un modo especial a los ni?os y a los perritos, cuando se quiere atraerlos.

Esta faz de ilusión y de encantamiento se prolongó para Juana, desde la magnificencia del canastillo hasta los dulces esplendores del matrimonio religioso. En aquel día supremo, arrodillada ante el altar mayor de Santa Clotilde, bajo el resplandor estelario de los cirios en medio del grupo de flores que la rodeaban, la mano en la mano del esposo, el corazón desbordando de piadoso reconocimiento y de amor dichoso, Juana de Berengére alcanzó al cielo.

No es temerario asegurar que después de esas horas encantadas el matrimonio no es sino una decepción para las tres cuartas partes de las mujeres. Pero la palabra decepción es bien débil para expresar lo que experimentará un alma y una inteligencia culta y delicada, en la intimidad de un hombre vulgar...

Sería difícil formular convenientemente cómo juzgaba a la mujer el se?or de Maurescamp. Habrase dicho lo bastante, y aún demasiado, dejando entender que para él el amor no era otra cosa que el deseo, la virtud de la mujer el deseo satisfecho.

El se?or de Maurescamp se equivocaba de fecha: habría podido tener razón para sus teorías en aquella época en que el hombre y la mujer apenas se diferenciaban de las bestias. Olvidaba torpemente que una joven parisiense, esmeradamente educada, no dejaba seguramente de ser una mujer, pero que había dejado absolutamente de ser una bestia. Si vuelve a ser una salvaje, lo que no carece de ejemplos, es su marido quien la habrá impulsado.

Continue Reading

Other books by Octave Feuillet

More
Monsieur de Camors -- Volume 3

Monsieur de Camors -- Volume 3

Young Adult

5.0

by MAXIME DU CAMP, of the French Academy OCTAVE FEUILLET OCTAVE FEUILLET'S works abound with rare qualities, forming a harmonious ensemble; they also exhibit great observation and knowledge of humanity, and through all of them runs an incomparable and distinctive charm. He will always be considered the leader of the idealistic school in the nineteenth century. It is now fifteen years since his death, and the judgment of posterity is that he had a great imagination, linked to great analytical power and insight; that his style is neat, pure, and fine, and at the same time brilliant and concise. He unites suppleness with force, he combines grace with vigor. Octave Feuillet was born at Saint-Lo (Manche), August 11, 1821, his father occupying the post of Secretary-General of the Prefecture de la Manche. Pupil at the Lycee Louis le Grand, he received many prizes, and was entered for the law. But he became early attracted to literature, and like many of the writers at that period attached himself to the "romantic school." He collaborated with Alexander Dumas pere and with Paul Bocage. It can not now be ascertained what share Feuillet may have had in any of the countless tales of the elder Dumas. Under his own name he published the novels 'Onesta' and 'Alix', in 1846, his first romances. He then commenced writing for the stage. We mention 'Echec et Mat' (Odeon, 1846); 'Palma, ou la Nuit du Vendredi-Saint' (Porte St. Martin, 1847); 'La Vieillesse de Richelieu' (Theatre Francais, 1848); 'York' (Palais Royal, 1852). Some of them are written in collaboration with Paul Bocage. They are dramas of the Dumas type, conventional, not without cleverness, but making no lasting mark.

Monsieur de Camors -- Volume 2

Monsieur de Camors -- Volume 2

Young Adult

5.0

by MAXIME DU CAMP, of the French Academy OCTAVE FEUILLET OCTAVE FEUILLET'S works abound with rare qualities, forming a harmonious ensemble; they also exhibit great observation and knowledge of humanity, and through all of them runs an incomparable and distinctive charm. He will always be considered the leader of the idealistic school in the nineteenth century. It is now fifteen years since his death, and the judgment of posterity is that he had a great imagination, linked to great analytical power and insight; that his style is neat, pure, and fine, and at the same time brilliant and concise. He unites suppleness with force, he combines grace with vigor. Octave Feuillet was born at Saint-Lo (Manche), August 11, 1821, his father occupying the post of Secretary-General of the Prefecture de la Manche. Pupil at the Lycee Louis le Grand, he received many prizes, and was entered for the law. But he became early attracted to literature, and like many of the writers at that period attached himself to the "romantic school." He collaborated with Alexander Dumas pere and with Paul Bocage. It can not now be ascertained what share Feuillet may have had in any of the countless tales of the elder Dumas. Under his own name he published the novels 'Onesta' and 'Alix', in 1846, his first romances. He then commenced writing for the stage. We mention 'Echec et Mat' (Odeon, 1846); 'Palma, ou la Nuit du Vendredi-Saint' (Porte St. Martin, 1847); 'La Vieillesse de Richelieu' (Theatre Francais, 1848); 'York' (Palais Royal, 1852). Some of them are written in collaboration with Paul Bocage. They are dramas of the Dumas type, conventional, not without cleverness, but making no lasting mark.

Monsieur de Camors -- Volume 1

Monsieur de Camors -- Volume 1

Young Adult

5.0

by MAXIME DU CAMP, of the French Academy OCTAVE FEUILLET OCTAVE FEUILLET'S works abound with rare qualities, forming a harmonious ensemble; they also exhibit great observation and knowledge of humanity, and through all of them runs an incomparable and distinctive charm. He will always be considered the leader of the idealistic school in the nineteenth century. It is now fifteen years since his death, and the judgment of posterity is that he had a great imagination, linked to great analytical power and insight; that his style is neat, pure, and fine, and at the same time brilliant and concise. He unites suppleness with force, he combines grace with vigor. Octave Feuillet was born at Saint-Lo (Manche), August 11, 1821, his father occupying the post of Secretary-General of the Prefecture de la Manche. Pupil at the Lycee Louis le Grand, he received many prizes, and was entered for the law. But he became early attracted to literature, and like many of the writers at that period attached himself to the "romantic school." He collaborated with Alexander Dumas pere and with Paul Bocage. It can not now be ascertained what share Feuillet may have had in any of the countless tales of the elder Dumas. Under his own name he published the novels 'Onesta' and 'Alix', in 1846, his first romances. He then commenced writing for the stage. We mention 'Echec et Mat' (Odeon, 1846); 'Palma, ou la Nuit du Vendredi-Saint' (Porte St. Martin, 1847); 'La Vieillesse de Richelieu' (Theatre Francais, 1848); 'York' (Palais Royal, 1852). Some of them are written in collaboration with Paul Bocage. They are dramas of the Dumas type, conventional, not without cleverness, but making no lasting mark.

You'll also like

HIS DOE, HIS DAMNATION(An Erotic Billionaire Romance)

HIS DOE, HIS DAMNATION(An Erotic Billionaire Romance)

Viviene
4.9

Trigger/Content Warning: This story contains mature themes and explicit content intended for adult audiences(18+). Reader discretion is advised. It includes elements such as BDSM dynamics, explicit sexual content, toxic family relationships, occasional violence and strong language. This is not a fluffy romance. It is intense, raw and messy, and explores the darker side of desire. ***** "Take off your dress, Meadow." "Why?" "Because your ex is watching," he said, leaning back into his seat. "And I want him to see what he lost." ••••*••••*••••* Meadow Russell was supposed to get married to the love of her life in Vegas. Instead, she walked in on her twin sister riding her fiance. One drink at the bar turned to ten. One drunken mistake turned into reality. And one stranger's offer turned into a contract that she signed with shaking hands and a diamond ring. Alaric Ashford is the devil in a tailored Tom Ford suit. Billionaire CEO, brutal, possessive. A man born into an empire of blood and steel. He also suffers from a neurological condition-he can't feel. Not objects, not pain, not even human touch. Until Meadow touches him, and he feels everything. And now he owns her. On paper and in his bed. She wants him to ruin her. Take what no one else could have. He wants control, obedience... revenge. But what starts as a transaction slowly turns into something Meadow never saw coming. Obsession, secrets that were never meant to surface, and a pain from the past that threatens to break everything. Alaric doesn't share what's his. Not his company. Not his wife. And definitely not his vengeance.

The Ghost Wife's Billion Dollar Tech Comeback

The Ghost Wife's Billion Dollar Tech Comeback

Huo Wuer
4.5

Today is October 14th, my birthday. I returned to New York after months away, dragging my suitcase through the biting wind, but the VIP pickup zone where my husband’s Maybach usually idled was empty. When I finally let myself into our Upper East Side penthouse, I didn’t find a cake or a "welcome home" banner. Instead, I found my husband, Caden, kneeling on the floor, helping our five-year-old daughter wrap a massive gift for my half-sister, Adalynn. Caden didn’t even look up when I walked in; he was too busy laughing with the girl who had already stolen my father’s legacy and was now moving in on my family. "Auntie Addie is a million times better than Mommy," my daughter Elara chirped, clutching a plush toy Caden had once forbidden me from buying for her. "Mommy is mean," she whispered loudly, while Caden just smirked, calling me a "drill sergeant" before whisking her off to Adalynn’s party without a second glance. Later that night, I saw a video Adalynn posted online where my husband and child laughed while mocking my "sensitive" nature, treating me like an inconvenient ghost in my own home. I had spent five years researching nutrition for Elara’s health and managing every detail of Caden’s empire, only to be discarded the moment I wasn't in the room. How could the man who set his safe combination to my birthday completely forget I even existed? The realization didn't break me; it turned me into ice. I didn't scream or beg for an explanation. I simply walked into the study, pulled out the divorce papers I’d drafted months ago, and took a black marker to the terms. I crossed out the alimony, the mansion, and even the custody clause—if they wanted a life without me, I would give them exactly what they asked for. I left my four-carat diamond ring on the console table and walked out into the rain with nothing but a heavily encrypted hard drive. The submissive Mrs. Holloway was gone, and "Ghost," the most lethal architect in the tech world, was finally back online to take back everything they thought I’d forgotten.

Chapters
Read Now
Download Book