Lewie Parenti
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Libros y Cuentos de Lewie Parenti
Mi Venganza, Mi Renacer
Urban romance El zumbido monótono del aire acondicionado no podía acallar mis propios gritos internos.
Después de dos días y dos noches suplicando, las palabras finalmente escaparon de mis labios resecos:
"Tía, por favor. Cancela la boda."
Mi tía Elena, la CEO de moda más importante del país, me analizaba con sus ojos afilados.
Yo creí que Carlos Torres, con su sonrisa encantadora, era mi príncipe azul.
Pero él me prometió el paraíso mientras excavaba mi tumba.
Recuerdo el metal frío contra mi piel, el olor a gasolina y su risa mezclada con la de Blanca Ruiz.
Me dejaron por muerta, arruinada y humillada.
Pero de alguna manera, desperté en mi cama, tres años antes de la tragedia, el día de mi compromiso oficial con él.
El terror era demasiado real, un veneno helado que corría por mis venas.
"Tía, quiero cumplir mi compromiso con la familia Delgado."
Mi tía frunció el ceño.
"¿Los Delgado? ¿Los productores de aguacate del norte? Fue una broma entre amigos."
"Para mí es real," dije con una firmeza que no sabía que poseía.
Mi vida anterior me enseñó que Ricardo Delgado era un hombre de honor.
Justo entonces, Carlos Torres irrumpió en la oficina, ignorándome por completo, hasta que sus ojos fríos se posaron en mí.
"Sofía. ¿Qué demonios estás haciendo aquí? Deberías estar en casa, preparándote para la fiesta de compromiso de esta noche."
Su voz, baja y amenazante, me paralizó de pánico.
"Se quedará conmigo," dijo mi tía, interponiéndose. "Ahora, si me disculpas, tenemos mucho de qué hablar."
Carlos se inclinó, su tono peligrosamente suave.
"Puedes esconderte detrás de tu tía todo lo que quieras, Sofía. Pero eres mía. Y harás lo que yo te diga."
Caí de rodillas, temblando incontrolablemente.
Esa misma noche, Carlos irrumpió en el penthouse.
"Te dije que vendría por ti," dijo con una calma que precedía a la tormenta.
"Ya no soy tu prometida," repliqué.
Él me agarró del brazo, con fuerza brutal.
"No vas a cancelar nada. Te lastimaré mucho más si sigues desafiándome."
Su mano se estrelló contra mi mejilla, enviándome al suelo.
Blanca Ruiz entró, fingiendo preocupación, y luego se llevó una mano al vientre, interrumpiendo todo.
"Oh… el bebé… creo que la tensión me está afectando."
Carlos, absorto en ella, me miró con una crueldad inhumana.
"¿Ves lo que provocas? Con tus estupideces, estás poniendo en riesgo a mi hijo."
"Ese hijo ni siquiera es tuyo, Carlos," solté, llena de un odio que no conocía.
En mi última vida, descubrí su engaño.
Él me agarró del pelo y me arrastró hasta una bodega oscura, sin ventanas.
"Te quedarás aquí hasta que aprendas a comportarte. Quizás un poco de tiempo a solas te ayude a recordar cuál es tu lugar."
La oscuridad era total.
El pánico se apoderó de mí, arañando mi garganta, asfixiándome.
"¡Carlos! ¡Sácame de aquí! ¡Por favor!"
Se rió.
"Oh, sí me atrevo, Sofía. Y cuando decida sacarte, rogarás por casarte conmigo."
La puerta se cerró con un golpe sordo, seguido por el sonido de la llave girando.
Me acurruqué en un rincón, temblando.
Estaba rota.
Las horas se desdibujaron, y el terror infantil de la oscuridad regresó.
Las sombras tomaron forma, susurrando mi nombre.
En medio de la locura, mis padres aparecieron en una luz cálida.
"Estamos aquí, mi niña. Todo está bien. Ven con nosotros."
Estiré mi mano para tocarlos.
Pero la puerta se abrió de golpe, y la voz de mi tía Elena rompió el hechizo.
"Sofía, por Dios, ¿qué está pasando? ¿Ese hombre te ha hecho algo?"
Las empleadas susurraron sobre Carlos y Blanca riendo, mientras yo me perdía en la oscuridad.
Una rabia fría y dura como el acero comenzó a gestarse en mí.
No volvería a ser su víctima.
"Tía," dije, mi voz aún débil pero firme. "Llama a los Delgado. Diles que acepto. Me casaré con Ricardo Delgado. Me iré al norte. Lo más lejos posible de aquí." Adiós, Mi Esposa Cruél
Romance Durante cinco años, mi matrimonio con Sofía Del Valle fue un desierto helado.
Ignorado, humillado y tratado como una sombra en mi propia casa, vivía por la remota esperanza de un cambio prometido por la abuela de Sofía, Doña Elena.
Pero mi mundo se hizo pedazos cuando la escuché.
Con una risita coqueta, susurraba el nombre de Ricardo Montemayor, nuestro "mejor amigo", y hablaba de una "sorpresa" para una gala benéfica.
Mi sorpresa.
Mi "virginidad", subastada al mejor postor como un espectáculo.
Confronté a Sofía, mi voz apenas un susurro frente a su burla cruel.
"La sorpresa eres tú, querido", siseó, regodeándose al explicar cómo planeaba venderme.
Me arrastraron a un cuarto, desnudaron y encerraron, solo para descubrir una cámara oculta, mis humillaciones retransmitidas a las amigas de Sofía para su deleite lascivo.
"¡Mírenlo! ¡Es más flaco de lo que pensaba!", se rio una voz chillona. "Pero tiene potencial. ¡Es más divertido que ir de compras!"
La vergüenza era un dolor físico, cada palabra una nueva herida.
No era ira, ni tristeza, solo un vacío inmenso y helado.
Aturdido y drogado, fui exhibido en una caja acrílica, "Lote #1: La Pureza Intacta", mientras la puja subía.
"¡Veinte millones, de parte del señor Rodríguez!" , exclamaban.
"Y el ganador no solo se lleva el premio por una noche," añadió Sofía con su voz cargada de malicia, "también recibirá un video exclusivo del… evento principal. Calidad 4K."
Justo cuando la oscuridad me envolvía, la abuela de Sofía, Doña Elena, irrumpió con la furia de una diosa vengadora.
"¡¿QUÉ DEMONIOS ESTÁ PASANDO AQUÍ?!", rugió mientras ordenaba liberarme de mi prisión de cristal.
En medio del caos, escuché su voz resonar por los altavoces, revelando un secreto: una cláusula matrimonial que le permitía anular el matrimonio si la dignidad del esposo era agredida.
"A partir de este momento," declaró, "el matrimonio entre Sofía Del Valle y Elías Mendoza está disuelto."
Sentí un atisbo de esperanza mientras me llevaban a un avión, lejos de la pesadilla.
Mi destino era México, y un nombre resonaba en mi mente, un eco de un pasado feliz: Camila. Mi Voz, Tu Castigo: El Diario Revela Todo
Moderno La noticia de la muerte de Isabela apenas fue un murmullo; todos la recordaban como la "trepadora" que se aprovechaba de la fama de su exmarido, Javier, el ídolo pop.
En un programa de televisión de máxima audiencia, Javier, con una sonrisa fría, se burló: "Digamos que la vida le dio lo que se merecía".
El público y las redes sociales lo secundaron, reafirmando la imagen de ella como una villana obsesiva.
Pero entonces, el presentador sacó una vieja caja de zapatos, revelando su "diario en audio": unas cintas de casete que prometían la verdad.
Mi corazón se encogió al escuchar la primera cinta: "Javier... mi amor. Estamos casados".
Aquella voz joven, pura y eufórica, era la mía, veintitantos años atrás, antes de que el brillo de la fama y la traición de Javier apagaran mi luz.
La cinta continuó, desvelando cómo lo llamaba "Mi Clavelito", cómo pagaba las facturas cantando hasta el amanecer para que él pudiera componer.
Después, escucharon cómo le supliqué al director de "Alma Gitana" para que le diera a Javier el papel principal, sacrificando mi propia oportunidad porque "su éxito era más importante".
El estudio quedó en silencio mientras Javier, mi exmarido, palidecía, su falsa máscara de arrogancia hecha añicos.
La verdad, ignorada y pisoteada durante años, surgía ahora de viejas cintas, revelando mi amor incondicional, mi dedicación silenciosa y mi dolorosa traición.
El mundo me creyó una villana, pero ¿qué pasaría cuando escucharan cómo Javier me llamó "vulgar" y me usó mi trauma infantil como arma para destruirme?
Con cada nueva cinta, mi voz rota cuenta la historia no de una trepadora, sino de una mujer traicionada, aniquilada, y finalmente, redimida por la verdad.
Ahora, que el mundo me escuche. La Señorita Esconde su Identidad
Moderno Mi vida era un cuento de hadas de lujos y manicuras francesas, hasta que un influencer me estafó un millón de euros, forzándome a una "rehabilitación" en un olivar de Jaén.
Allí, con las manos llenas de callos, el destino me reunió con Carmen, mi madre biológica, de una forma totalmente inesperada.
Pero este reencuentro me lanzó directamente a las fauces de una pesadilla: su marido Ricardo y la hija de él, Valeria, me humillaron y difamaron sin piedad, etiquetándome como una "prima pueblerina" en cada oportunidad.
La campaña de desprestigio se intensificó con fotos maliciosas en redes, y en el colegio, la propia Valeria me acusó falsamente de hacer trampa en un examen, buscando mi expulsión.
¿Cómo podía defenderme de tanto odio infundado, de una familia que debería haberme acogido, pero solo me ofrecía desprecio y mentiras? La impotencia me carcomía.
Lo que ellos ignoraban era que yo, Sofía, la supuesta "campesina fracasada", era en realidad una artista anónima con un secreto que mi padre, dueño de Bodegas Imperiales, estaba a punto de revelar.
No solo limpiaría mi nombre, sino que cada una de sus humillaciones sería la pieza clave en el jaque mate que estaba por servir.
Iba a demostrarles a todos que la "niña" a la que creyeron destrozada apenas estaba comenzando a construir su verdadero imperio. El Hilo del Destino Que Tejo
Moderno Durante diez años, mi vida en la suntuosa hacienda de Mateo fue una existencia opulenta, pero vacía, marcada por la indiferencia y el desprecio disimulado.
En la fiesta de dieciocho años de su hermana Sofía, la niña que crié, la nueva amante de Mateo, Valentina, me ofreció un "té de hierbas" con una sonrisa fría y calculada.
Minutos después, un dolor desgarrador me consumió desde el vientre; la sangre que corrió por mis piernas confirmó mi peor temor: me habían envenenado para provocar un aborto y así, en mi agonía, me forzaron a firmar los papeles del divorcio.
En el gélido suelo de mármol, Sofía, la misma a quien acuné, me escupió que una "mujer de pueblo" como yo nunca mereció su apellido ni darle un heredero a Mateo, y la traición superó cualquier dolor físico.
Pero mientras firmaba, mi mano no tembló; con el morral de mi abuela y la promesa de una deuda pagada, me levanté decidida a reconstruir mi vida en la tierra que me vio nacer, transformando mi dolor en la fuerza para un nuevo y auténtico comienzo.
Mi partida fue el primer hilo de una trama de resistencia, empoderamiento y revelaciones que sacudirían los cimientos de quienes creyeron haberme quebrado. Le puede gustar
Anhelando al hombre incorrecto
Elysian Sparrow Pasó diez años persiguiendo al hombre correcto, solo para enamorarse del incorrecto en un fin de semana.
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Sloane Mercer ha estado locamente enamorada de su mejor amigo, Finn Hartley, desde la universidad. Durante diez largos años, ha estado a su lado, reparándolo cada vez que Delilah Crestfield, su novia, le destrozaba su corazón.
Cuando Delilah se compromete con otro hombre, Sloane piensa que finalmente podrá tener a Finn para ella. No podría estar más equivocada.
Desesperado y con el corazón roto, Finn decide presentarse en la boda de Delilah y luchar por ella una última vez. Y quiere a Sloane a su lado.
A pesar de sus dudas, ella lo acompaña a Asheville, esperando que estar cerca de Finn de alguna manera lo haga verla como ella siempre lo ha visto.
Todo cambia cuando conoce a Knox Hartley, el hermano mayor de Finn, un hombre que no podría ser más diferente a su amigo. Es peligrosamente magnético. Knox entiende a Sloane y se propone atraerla a su mundo.
Lo que comienza como un juego arriesgado entre ellos, pronto se convierte en algo más profundo. Sloane está atrapada entre dos hermanos: uno que siempre ha roto su corazón y otro que parece decidido a conquistarlo... sin importar el costo.
AVISO DE CONTENIDO:
Esta historia está destinada exclusivamente a mayores de 18 años.
Explora temas de romance oscuro como la obsesión y el deseo con personajes moralmente complejos.
Aunque es una historia de amor, se recomienda discreción al lector. La Traición del Mole
Chen ziluo Hoy, nuestro séptimo aniversario de bodas, se suponía que sería un día de dulces recuerdos.
Pero el único sabor que sentía era la amargura de la traición, una foto en mi teléfono, mi esposo Ricardo y su asistente, Valentina, besándose apasionadamente en su oficina.
"A Ricardo le aburren los sabores tradicionales, Sofía. Él prefiere un juego más… prohibido. Y ese juego soy yo", leí el mensaje y mi mundo se vino abajo mientras seguía envolviendo tamales, los favoritos de Ricardo, para una celebración que nunca sería.
Horas después, las risas de Ricardo y Valentina resonaron en mi hogar, y mi pequeña Lucía se detuvo en seco al ver a la mujer colgada de su brazo.
"¡Qué bien huele!", exclamó Valentina, "Pero, ay, Ricardo, ya sabes que a mí el mole no me gusta. Se me antojan unos tamales de dulce, de esos rositas."
"Sofía, hazle unos tamales de dulce a Valentina", ordenó Ricardo, sin siquiera mirarme, su voz fría.
Con una calma que no sentía, le respondí: "No hay. Hice de mole, tus favoritos, para celebrar nuestro aniversario".
La respuesta de Ricardo fue violenta: gritó, tiró del mantel, destrozando todo, salpicando mole en Lucía y en mí, y nos encerró en la cocina, prometiendo una cena en el mejor restaurante para Valentina.
Acurrucada con Lucía en el suelo frío de la cocina, con el olor a mole y humillación impregnado en nosotras, supe que mi matrimonio no estaba roto, sino muerto.
Ricardo lo había matado mucho antes.
A la mañana siguiente, las risas crueles de Ricardo y Valentina nos recibieron.
"Pronto todo lo de tu papá será mío, escuincla. Y tú y tu mamá se irán a la calle, que es donde pertenecen", le dijo Valentina a Lucía.
Cuando Lucía la enfrentó, Valentina le derramó café caliente en el brazo. Ricardo entró, y en lugar de defender a nuestra hija, la abofeteó.
"¡Ni se te ocurra volver a tocarla!" , grité, abalanzándome sobre él.
"Mi lugar ya no es aquí", le anuncié. "Quiero el divorcio, Ricardo. Ahora mismo."
Su sonrisa torcida y cruel me heló: "Te vas a quedar aquí. Tú y ese estorbo. Y voy a hacer de cada día de tu vida un infierno".
En la oscuridad de la cocina, planeé mi escape. Le había entregado un acuerdo de divorcio legal entre sus documentos, que él, confiado en su control, había firmado.
Solo necesitaba el momento perfecto para mi venganza.
El caos estalló un sábado cuando Lucía, harta de Valentina, la pateó, y esta la empujó, haciendo que la cabeza de mi hija golpeara la mesa.
Un hilo de sangre brotó de su sien y el pánico me invadió.
"¡LA MATASTE! ¡VOY A MATARTE, VALENTINA! ¡LO JURO!", grité, golpeando la puerta.
Ricardo llegó, y Valentina, llorando, lo manipuló: "¡Ricardo, mi amor! ¡Ayúdame! ¡Esta niña salvaje me atacó y Sofía me está amenazando de muerte!".
Él me gruñó: "¿Qué demonios hiciste ahora, Sofía?" .
"¡Fue ella! ¡La empujó!" , lloré. "¡Lucía no se mueve, Ricardo! ¡Tenemos que llevarla a un hospital!" .
Su respuesta fue cruel: "La llevaré al hospital. Pero con una condición. Pídele perdón a Valentina. De rodillas" .
"Ponte de rodillas y suplícale a Valentina que te perdone por haber criado a una hija tan agresiva. O la dejo aquí, en el suelo, hasta que se desangre. Tú decides."
Por Lucía, me arrodillé, la humillación quemándome la garganta.
"Perdóname, Valentina. Te ruego que me perdones".
Ricardo, con gélida satisfacción, exigió más: "No es suficiente. No parece sincero. Valentina quería tamales de dulce, ¿recuerdas? Vas a prepararlos. Ahora mismo. Los mejores tamales de dulce que hayas hecho en tu vida".
Amasé los tamales con lágrimas, el veneno de mi odio mezclándose con el dulce. Cuando terminé, me derrumbé.
Ricardo, al principio indiferente, entró en pánico al verme inconsciente.
Vio mis moretones, cicatrices de su propia violencia, y una culpa abrumadora lo golpeó.
En la ambulancia, entre Lucía y yo, susurró: "Perdóname, Sofía. No sé en qué me convertí".
Desperté en el hospital, y Ricardo, con una muñeca, intentó redimirse, pero Lucía, con una frialdad adulta, lo rechazó: "No quiero tu muñeca. Y no me llames princesa. Tú no eres mi papá" .
"Tú no eres mi papá. Mi papá no me pega. Mi papá no deja que esa mujer mala me lastime. Vete", le dijo Lucía.
Mi risa seca resonó. "¿Como antes, Ricardo? ¿Lo de ayer, o lo de hace años, cuando me abandonaste por tu amante?"
Cuando le pregunté si Valentina le había dicho que Lucía no era su hija, su silencio confirmó que su crueldad nació de una mentira.
Horrorizado, Ricardo obtuvo una prueba de paternidad que confirmó que Lucía era suya.
Dejó a Valentina y llamó a la policía para denunciarla por agresión a un menor, fraude y extorsión.
Valentina, acorralada, gritó maldiciones, pero Ricardo, ya sin nada que perder, la entregó a las autoridades.
Al día siguiente, Ricardo nos esperaba en casa. "Lo siento", dijo, su voz ronca.
"Ahorrátelas, Ricardo. Solo venimos por nuestras cosas", le corté.
Le entregué el sobre que lo hizo palidecer. Era el acuerdo de divorcio, firmado por él mismo.
"El daño que nos hiciste a mí y a mi hija no se arregla con dinero, Ricardo", le dije. "Hay cosas que se rompen para siempre. Y tú rompiste esto".
Lucía y yo nos fuimos, dejándolo sollozando en la sala.
En el taxi, Lucía preguntó: "¿A dónde vamos ahora, mami?".
"A donde queramos, mi amor. A empezar de nuevo". Y por primera vez en años, respiré libre. LA CHICA
YorickoP "La chica": ella era una habitante de la calle, analfabeta, sin apellidos, cabello rubio, ojos con evidente heterocromía, muy delgada, sucia, con la ropa raída y edad incierta.
Un día fue atropellada por el auto super lujoso de un hombre serio, calculador, amargado y despiadado que tuvo que detener su camino porque había muchos testigos alrededor y con sus teléfonos listos grabando todo, así que le ordenó a su chofer que saliera y se hiciera cargo de lo que fuera que hubieran golpeado.
Al tenerla en el automóvil el olor nauseabundo que desprendía ella, lo asqueaba, pero solo fue una primera impresión, el tiempo lo hará desearla, anhelarla y buscarla con desesperación.
Ojos Robados, Corazón Roto
Li Xiamu Corrí por los pasillos estériles del hospital, con el corazón desbocado.
Después de semanas de oscuridad, Ricardo, el amor de mi vida, por fin había despertado.
Al llegar a su puerta, grité su nombre, las lágrimas de felicidad nublando mi vista.
Pero en la habitación, junto a mi prometido, estaba Isabel, la hija de una de las familias más ricas de la ciudad, con una sonrisa de triunfo.
«¿Quién eres tú?», me soltó Ricardo, con una voz helada que no reconocí.
Luego de 15 años juntos, me miraba con mis propios ojos, los ojos que le doné para que pudiera volver a ver.
«Mi prometida está aquí, aléjate», añadió, y mi mundo se vino abajo.
Isabel, con falsa compasión, me dijo: «Sé que siempre te ha gustado Ricardo, pero eres solo una sirvienta de nuestra casa. Por favor, no lo molestes».
«¿Sirvienta?», susurré, confundida.
Su madre, con una risa cruel, sentenció: «Mi hijo jamás se comprometería con alguien como tú. Isabel es su prometida, ella le donó las córneas».
La hermana de Ricardo añadió: «Eres una trepadora. Pensaste que con el accidente podrías aprovecharte. La gente como tú siempre tiene su lugar. Y el tuyo no es aquí».
La humillación me quemaba. Me habían robado a mi hombre, mi sacrificio, mi identidad.
«¡No! ¡Eso es mentira! ¡Yo le doné mis ojos! ¡Ricardo, tienes que recordarme!», grité.
Pero su madre ordenó a seguridad que me sacaran al grito de: «¡Vuelve a la mansión ahora mismo! ¡Tienes que preparar la cena! ¡Es lo único para lo que sirves!».
Él solo me miró con indiferencia mientras me arrastraban fuera, rompiéndome el corazón.
Atrapada en esa mansión, me obligaron a cocinar para los que me habían destruido.
Un día, Isabel derramó té caliente sobre mí y Laura, su hermana, me empujó contra la estufa.
Yo, con la piel ardiendo, susurré: «Por favor, necesito algo para la quemadura».
Laura se rio: «Deberías estar agradecida de tener un techo. Limpia ese desastre. Ricardo tiene hambre».
«Por favor, solo déjame hablar con él. Él me escuchará», supliqué.
Entonces, Laura me empujó de nuevo, y mi mano chocó con la olla caliente.
«¡Ya basta!», gritó una voz, era Ricardo, con el ceño fruncido.
Isabel y Laura mintieron, diciendo que me había quemado sola y que estaba obsesionada.
Él se acercó y, sin dudarlo, me soltó: «No sé quién eres, pero ya me cansé de tus mentiras y tu escándalo. Isabel es la mujer que amo. Tú no eres nadie».
Me agarró el brazo herido.
«No vuelvas a molestar a mi familia».
Me soltó con un empujón.
El hombre que me prometió amor eterno, me trataba como basura.
Ese día, mientras limpiaba, vi cómo desenterraban los cactus, el símbolo de nuestro amor.
«¡No! ¡Deténganse! ¡Son míos!», grité, defendiéndolos.
Isabel se burló: «Nada en esta casa es tuyo. Eres una empleada. Quítate o te despido».
Ricardo apareció y, con rabia, empezó a arrancar los cactus con sus propias manos.
Me lanzó uno, las espinas se incrustaron en mi brazo.
«¡No quiero volver a ver tu cara en esta casa!», me gritó.
«Lárgate. Estás despedida», sentenció Isabel.
Me arrojaron mis cosas a la calle. Me quedé allí, en la acera, arrodillada, mi vida reducida a cenizas y espinas.
¿Cómo pude perderlo todo por la amnesia de él y la malicia de ellos?
Debería haber muerto en ese terremoto.
Un día mi esposo me amó, me adoró, y al día siguiente me golpeó y me echó a la calle.
Me encontró Eduardo, el primo de Ricardo. Me miró con compasión, curó mis heridas.
«Cásate conmigo», me dijo. «Te protegeré. Nadie volverá a lastimarte».
Asentí, sin entender aún por qué.
Pero esa noche, Ricardo encontró algo que podría cambiarlo todo: un viejo álbum lleno de fotos nuestras. La redención de la viuda billonaria
Demetris Ardolino Durante tres años, mi esposo, Mateo Garza, tuvo disfunción eréctil. O eso me dijo él. Fui yo quien lo sacó de un coche en llamas, y este matrimonio fue su promesa de atesorar las manos que lo salvaron.
Pero esta noche, lo escuché hablando con mi cuñada, Valeria. Confesó que su condición era una mentira para evitar tocarme, y que siempre la había amado a ella. Nuestro matrimonio era solo una farsa para complacer a su abuelo.
Las traiciones no pararon. Afirmó que fue ella quien lo salvó. Me abandonó durante un deslave para rescatarla a ella. Cuando desperté en el hospital con las costillas rotas, me pidió que donara piel de mi pierna para arreglar un rasguño en la cara de ella.
Quería mutilar mi cuerpo por la mujer que me robó la vida, la mujer que llevaba a su hijo secreto. Mi amor era una carga, mi sacrificio un chiste del que se reían a puerta cerrada.
Entonces descubrí la verdad final, la que me destrozó el alma: nuestra acta de matrimonio era falsa. Nunca fui su esposa, solo un reemplazo.
Esa noche, tomé mi teléfono y llamé a la única persona de la que él me había advertido que me alejara.
—Álex —susurré, con la voz rota—. Necesito irme. ¿Puedes verme en Europa? La falsa esposa del multimillonario, mi venganza
Leontyne Brymer Después de tres años en el extranjero, volví a casa para darle una sorpresa a mi esposo secreto, el multimillonario tecnológico Ricardo Villarreal. Por fin era el director general del imperio de su familia, y yo creía que nuestra vida juntos estaba a punto de comenzar.
Pero la sorpresa me la llevé yo. Lo primero que supe no fue por él, sino por las noticias de última hora: Ricardo estaba comprometido con una influencer llamada Valeria Torres, su supuesto amor perdido de la infancia.
Mi mundo se hizo añicos cuando vi su foto. Tenía mi cara. Entonces la verdad se desveló, cada pieza más espeluznante que la anterior. Valeria era mi media hermana. Nuestro matrimonio de tres años era un documento falso, una obra cruel que él montó porque yo era un sustituto conveniente para la mujer con la que en realidad estuvo casado todo este tiempo.
No era solo un mentiroso; era un monstruo. Me atrajo a un hospital con el pretexto de cuidarme, solo para revelar su verdadero plan: obligarme a un trasplante de tejido para salvar la vida de Valeria.
Pero mientras yacía en esa cama de hospital, prisionera a la espera de ser despojada de mis órganos, grabé una conversación que convirtió mi dolor en furia ciega. No solo me habían robado a mi esposo y mi futuro, habían asesinado a mi madre.
Pensaron que yo era una víctima de la que podían deshacerse. Estaban a punto de descubrir que yo sería la arquitecta de su ruina. De Ahogada a Amada: Una Segunda Oportunidad
Smoke Entré al Registro Civil, lista para hacer pedazos mi solicitud de matrimonio. Se había acabado.
Horas antes, había despertado en la cama de un hospital. Mi prometido, Alejandro, estaba a mi lado, con una máscara de fastidio en el rostro. Me ordenó que le pidiera perdón a Kenia, la mujer que acababa de empujarme a un lago helado, casi matándome.
A través del agua turbulenta, había visto a Alejandro pasar nadando a mi lado, directo hacia Kenia, que fingía ahogarse. Él se creyó sus mentiras, acusándome de haberla atacado, a pesar de la herida que casi me cuesta la vida.
Ignoró mi dolor, mi sacrificio, mis años de lealtad. Todo por una mujer que ya lo había traicionado antes. Incluso usó mis propios valores en mi contra, diciéndome que debía "pensar en los demás antes que en mí".
Estaba cansada. Tan increíblemente cansada. El casi ahogamiento había sido un bautizo. Por fin lo entendí: no podía arreglar esto. No podía ganar su amor.
Cuando volví a casa, él ya le había dado a Kenia mi preciado té de hierbas, ese que usaba para mi dolor crónico. Luego me degradó a ser una invitada en mi propia casa, ordenándome que cocinara para ella. Era hora de quemar el último puente.