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Cuarenta problemas

Capítulo 5 Problema 4

Palabras:4527    |    Actualizado en: 06/02/2023

e, continuaba la incertidumbre de qué hacer con ella. Sería de tontos tomar una decisión sin cerciorarse; sin tener la certeza de que los enemigos de Harold acudirían a

conciliar el sueño, por lo que sus oje

rse en su amplia cama y

marco de la puerta para sostenerse. Nunca había estado tan exhausta. Mientras rebuscaba entre los folios, la cartera y varios caramelos, pensó en Daisy y en las decenas de noticias que tendría que darle cuando se vieran en persona. Le mostraría una fotografía de William, pro

luminosidad de la lámpara dañó levemente su reti

lisarlo y secarlo) y se introdujo en la bañera de mármol blanco. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás; disfrutando de la sensación que el agua templada le transmitía. Recapacitó sobre los hechos acontecidos durante ese día, desde que arribó a la industria hasta que acabó sentada en torno a la mesa central de su sede, prestando atención a las pala

. Natalie cayó en los brazos de Morfeo en segundos, vaciando cada rincón de su mente para llenarla de coloridos sueños. El reloj de la cocina marcó las cuatro y med

tarias, generaban un eco capaz de recorrer toda la manzana. Un mísero ruido sonarí

r a que abriera los ojos de manera desmesurada y tomara asiento en el borde de la cama; forzándo

a -coment

r. Repito: está en la plan

onces, veloz como un rayo, se incorporó (sin realizar el menor ruido) y desplazó las almohadas, introduciéndolas dentro de las sábanas. Simuló que continuaba en su espléndido sueño, y aunque no fuera el mejor truco, le proporcionaría algo de tiempo. Caminó en puntillas

individuos estarían registrando cada estancia, desde el salón y la cocina hasta los dormitorios. La presión en su pecho incrementó, provocada por la sensación de quedarse sin aire. Y no era ansiedad. Miró

mente al otro lado de la puerta cerrada. Natalie extendió una mano para atrapar el jersey más grueso que tenía, y se

de la cama, consciente de que tendría que echar a correr hacia la puerta. Tanto ella como el hombre se detuvieron al mismo tiempo y durante una fracción de segundo temió haber sido descubierta. No fue así. Reconoció el sonido de una pistola al quitar el seguro, y sin ni siquiera comprobar el bulto que sobresalía en la cama,

formuló el homb

racción para aparecer de s

nzar ahora. Empleando los trucos aprendidos en los entrenamientos (cada miembro estaba obligado a pasar controles anuales, para comprobar si eran capaces de defenderse por sí mismos), le propinó una patada en el gemelo; agarrándolo a la vez por el cuello. Inmediatamente, el hombre se inclinó ha

saldrás de aquí en una bol

pondió con la res

manda el célebre enemigo del señor Bowman? ¿Quiere causarle daño a mi familia a través de mí, para que le retiren su apoyo? -inquirió, ech

es tan indefensa como

que una mujer t

irectamente en la nariz-. De acuerdo, de acuerdo. No eres de las que hablan mucho, te gusta la acción. -Arrugó la nariz al percatarse de que empezaba a sangrar-. Los Bowman

la que sostenía la pistola,

có los gruesos cordeles de plata que adornaban la tela, dándoles un mejor uso. Primero le ató los tobillos, posteriormente las muñecas, y unió ambo

. El gas simplemente se había disipado, aun así, estuvo pendiente de las rendijas del aire acondicionado. Puso un pie en

mos charlar si lo deseas. Ambos sabemos que la única salida está fuera de tu alcanc

en dos, manteniendo la espalda aplastada en la pared. Comprobó el número de balas que había en el cargador, preocupándose al contar solo cuatro. Él no dudaría en dispararle, ya que

buscó desesperadamente los maletines, no lograba localizarlos-. Pero, ¿quién en su sano juicio rechazaría la cantidad de dinero que me han ofrecido por ti? -Hablaba como si

ntre dientes, ocultándos

admitir que Dimitri Ivanov ha cambiado bastante este panorama; que no posee la crueldad de su antecesor. Pero los daños que tu difunto abuelo hizo en vida continúan doliendo, como si la herida estuviera

acarle, abandonando el pil

mbre extrajo de su cinturón unas pequeñas dagas que sujetó en una mano, haciéndolas girar entre sus dedos. Natalie, aturdida por el repentino golpe, no pudo hacer más que arrastrarse por el suelo, sin apartar la vista de él. Tenía el rost

obligán dola a mantener el mentón estirado. Natalie quiso defenderse, golpearle de cualquier forma. Notó la punta del

jante belleza vaya a ser

as... manos..

ndan en torno a su figura

a y violarla. Estiró los brazos tanto como pudo, procurando no prestar atención al desagradable sonido que él realizaba mientras se desabrochaba

cas, extremadamente inusuales hoy en día. Un estudio confirmó que el cuarenta y ocho por ciento de las j

con sus

stener un atizador. Ante sus ojos cruzaron cientos de imágenes, recordándole que su vida podría acabarse en meros minutos. El metal generó un estru

Los vecinos pensarán que

. pien

o puedo escucha

la cual no tardó en ser desgarrada por sus brutas manos. Natalie tomó aire e, impulsándose, agarró el atizador y se giró utilizando cada ápice de fuerza, atravesando la gargant

ercatarse de cómo la sa

una voz familiar

Quiso mover las manos para quitárselo de encima, pero el cuerpo pesaba tanto que le aprisionaba los brazos. Además, la cálida y pegajosa sangre qu

aire y, tan pronto como su mirada coincidió con la de Leopold, rompió a llorar. Fue la

elosos y hablaba en susurros para no alterarla. Leopold vio que tenía la camiseta desgarrada y los pan

para comprobar una cosa. ¿Te parece bien?

ntir en una ocasión,

aricias y deslizó la mano libre hacia sus muslos. No encontró sangre en la zona, señales de que había sido violada. Aunq

estás bien -le repitió,

evantar la rodilla para incorporarse Natalie se abrazó a él. Hundió la cabeza en su pecho y anudó los brazos en su cintura, temblando tanto que Leopold empezó a creer que se había equivocado en sus supo

atalie, con la boca peg

ado más tiempo ahogánd

do a una

habían pasado unos minutos y la herida ya mostraba moretones-. Se lo merece, Nat. Él te hubiera hecho cosas peores que la muerte. Has sido una mujer afortunada; no todas tiene

etirando la humedad y las manchas de sangre. Le dolía la cabeza -especialmente el oído-, por lo que pensó en reemplazar las pastillas que calmaran el ataque de ansiedad por las del tratamiento. Se incorporó ayudada por Leopold, qui

torio de la señorita Ivanova. Procedemos a su detención y traslado a la sede. ¿Nos pon

l en cuanto el desastre se haya... solucionado. Y también avisaré a tu familia -murmuró, angustiado al ver que la primera conversación que mante

a mi familia -pidió

tía sucia, manoseada. Como si hubiera estado sumergida

lertar a mis padres de esto no solo les provocaría un susto de muerte, sino también otra preocupación más. Mamá no se ha repuesto del accidente,

o. Tienes que e

uerpo -comunicó, aferrando los bordillos de la chaqueta con brío-. Di a mis padres que han intentado robar en mi casa, pero que gracias a la al

tado darle un puñetazo al

imen podría acceder a la casa de los Ivanov con facilidad. Se preguntó si Natalie le detestaría más en el caso de tomarla de la cintura y montarla sobre su hombro directamente al vehículo aparcado en mitad de la calle, para trasladarla a una clínica de guardia. No obstante, en vez de comprobar su

uedó vacía, apretó el pue

a algunos productos de limpieza. Extrajo del armario el cubo de la fregona y lejía, dispuesto a deshacerse de las manchas de sangre. Habían retirado el cadáver, pero los charcos pegajosos continuaban diseminados por el salón. Y, consciente de que Natalie podría padecer otro ataque de ansiedad si veía ese desastre, se apresuró a esparcir varios cubos de agua y lejía por el suelo. D

o a distancia. Sus compañeros habían retirado las sábanas de la cama, así como las almohadas, adecentándola. Escuchó el sonido del agua discurrir

mó, prestando aten

rminando

ra confirmar que Nat

e de que tus problemas no se han alterado -agregó, cruzándose de brazos una vez más-. Además, me he dado cuenta de lo rápido que has cambiado

e dicho: me

un nerviosismo impropio de él-. Me es un alivio saber que no... que no te ha hecho nada

lo que le hizo arrepen

a de pelo y con el cabello oculto por una toalla) pudiera entrar al dormitorio. Recorrió la piel desnuda de su cuello y

tengo intención de torturarme con ello. Tardaré en olvidarlo, puede que ni siquiera sea capaz de hacerlo. Pero tampoco permitiré que mi propia

ré hacien

opo

ieta. Me da igual. Sé que, por mucha frialdad que muestres, especialmente hacia mí, escondes una personalidad medianamente humana y emocional, una que necesita sentirse segura o acompañada. Si te queda

razos a ambos lados de

era para evitar el dolor, desconociendo que también expulsaba indirectamente el amor. Ambos sentimientos estaban tomados de la mano, uno no podía existir sin el otro. Se percató de que el orgullo que ella desprendía estaba hiriendo a

lpó-. En ocasiones n

ara disculpas. C

mí, Leopold -le interru

la mejilla, acariciándol

para que cambiara la bata por algo más cómodo, esperando en el exterior de la estancia

rimero tendrían que pasar

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Cuarenta problemas
Cuarenta problemas
“"Si le dieran una moneda por cada mentira que ha ideado, Natalie podría erigir un castillo de oro en el centro de Nueva York. A sus veintitrés años, la primogénita de un célebre magnate estadounidense parece tenerlo todo. No obstante, la vida de Natalie no es como los periódicos imaginan. Deseosa por evadirse de la realidad, y tras probar un excitante bocado del peligro, Natalie decide unirse a American Shield, una asociación de guardaespaldas operativa en Estados Unidos. Sus compañeros la califican de calculadora, responsable e impecable. ¿Y el jefe que está secretamente enamorado de ella? De impulsiva, irracional e irresistible. Natalie se considera intocable, tanto de cuerpo como en asuntos del corazón, pero pronto descubrirá que incluso las personas como ella pueden convertirse en el objetivo de mentes más oscuras."”
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