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cio no se movía ni una mosca sin el permiso del aire acondicionado. Delante de la mesa de caoba, una selva de micrófonos y flashes de cámaras esperaba el momento justo para disparar. Los per
clado con el sudor frío de dos personas que prefe
cinta azul marino que los abogados de ambas partes habían revisado con lupa hasta la madrugada anterior. Las letras negras y tupidas dejaban
que le tocaba cerrar un negocio difícil. A sus treinta años, Damián no creía en las coincidencias ni en los cuentos de hadas. Para él, la vida se resumía en números qu
silla vacía que nadie se atrevió
e chaqueta blanco, impecable, de esos que gritan seguridad sin necesidad de levantar la voz. Quienes la conocían de lejos pensaban que era una mujer distante, pero la verdad era que Renata simplemente no tenía t
rmuró el abogado principal, un hombre mayor de patillas
tina. No dudó un solo segundo. Trazó su firma con un garabato rápido, seco, casi ag
so, tan bajo que solo ella pudo escu
e cruzaron como dos espadas de lata en un juego de niños que de repente se había vuelto
poner el gancho -respondió ella con una s
de él. En cuanto la tinta negra tocó la última hoja, el abogado cerró el documento de un golpe
ruido de los obturadores de las cám
para la portada! -gritó un fotógrafo desde la pri
lándose la solapa de la chaqueta. Se colocaron frente al estrado, uno al lado del otro, tan cerca que Renat
a los lentes que parpadeaban frente a ellos-. Mañana salimos en la sección de nego
sin mover un solo músculo de la cara, aunque apretó la mandíbula-
de él en un gesto que, desde afuera, parecía una muestra de cariño
ulas, tenía la menor idea de lo que acababa de arrancar. Pensaban que se trataba de una boda conveniente entre dos jóvenes de buena familia. No sabían que, al apagar las luces y ce
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