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jamás un nombre verdadero, como si decirlo demasiado alto bastara para atraer su mirada sobre quien tuviera la osadía de nombrarlo. Se le debían ofrendas
es curtidas, a pocos pasos de es
os aldeanos calificaban, entre admirados e inquietos, de don más que de talento. Su padre, Kaerón, era de esos hombres - de manos callosas y mirada que jamás vacilaba, capaz de seguir u
ar sola a su esposa con la comadrona, se quedó junto al hogar, una lanza al alcance de la mano, como si algo en el aire le susurrara que debía proteger a ese niño incluso antes de que s
bras serían un día retomadas, retorcidas, blandidas como una profecía por qu
la ventana, hacia la oscuridad de los árboles apenas adivinada baj
lo que sepa det
o sabía del todo - solo esa intuición sorda que a veces llevan los cazadores m
osque, donde este le enseñaba a distinguir el silencio ordinario de la foresta del silencio que anuncia una presencia. En cuanto supo correr, le pusieron entre las manos
y ya podía nombrar, solo por el olor de la tierra removida, al animal que había pasado por allí horas antes. Los demás niños del pueblo lo mira
hadas de sangre animal y los ojos brillantes de un orgullo que no reconocía como el de un niño. Una noche, mientras Arán g
ta eso? ¿
ada sincera, casi sorprendido d
ta ser e
ó a estrecharlo contra ella, un poco más fuerte que de costumbre, como si quisiera retener, aunque fu
ombra a su padre - no por culpa, sino por gracia, tanto su talento, apenas salido de la infancia, parecía ya superar el de los homb
rán, de apenas diez años, había traído él solo un ciervo dos veces más
re de los dones que convienen a todos, que el precio
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