correcto, tomar un trabajo que parece caído del cielo justo cuando el abismo la acechaba, pero por su familia, por ellos, hace lo que sea necesario. Firma de m
to ágil y guardándolo en su carpeta de cuero-. Nos vamos ya mism
s cejas y arrugando el entrecejo en
quita esa cara de susto, vamos querida, el tiempo es oro y a Domenic no l
idido de la asistente. Antes de cruzar el umbral del edificio, Gema buscó con la mirada al guardia de seguridad que le había tendido la mano
Frente a la acera, un Ferrari de color rojo
, señalando la puerta que u
asó saliva con dificultad, impactada por el bridearse de lujos que tú ni en tus sueños más salvajes
Erika -respondió el c
il mientras se deslizaban por las calles de Nueva York. Domenic Villarreal detestaba que los escoltas fueran una sombra obvia sobre su figura; prefer
edallita de corazón que cuelga de su cuello. La apretó con fuerza, sintiendo el relieve del metal contra la palma de su mano. Dentro esta la foto
cio, notando cómo la chica se aferraba
e acomodó en el asiento, sintiéndose fu
ras, señorita Erika. Un lugar do
e por aquí con
us manos entrelazadas sobre el regazo. Se reservó los detalles de la deuda, de la hac
a hacia las botas desgastadas de Gema, que aún goteaban un poco sobre la alfombra del Ferrari-. No me defraudes. Si obedeces y mantienes todo en orden, a las
Erika a los ojos con una determinación que sorprendió a la asi
Erika. Era lo que Domenic necesitaba: alguien sumiso, pero
ructura que gritaba poder en cada centímetro de su fachada. Subieron por un ascen
. El apellido Villarreal ha impactado esta ciudad por generaciones. Por eso firmaste confidencialidad. Todo lo que pase dentro del penthouse, ahí s
ndo que el aire empe
ndo, s
afiaba cualquier descripción que Gema pudiera haber imaginado. Techos altísimos
ton -anunció Erika, s
pies se negaban a avanzar hacia tanto lujo; sentía que
e donde te saqué -la urgencia en
mones. Sus piernas empezaron a temblar, un temblor fino que intentó ocultar empuñando sus manos. Caminó lentament
ía aún, pero aquel despliegue de riqueza era solo la antesala de su propio cautiverio. Cada rincón del l
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