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de la ciudad no iluminaban; simplemente proyectaban sombras más largas y peligrosas. Para cualquiera que caminara por e
la sangre que le quemaba las venas y fingir que era una simple humana. Una
con suministros médicos del mercado negro que había conseguido para los ancianos de la periferia. Si la patrulla de la man
ierda, seguido por el sonido ras
ngre seca, sudor rancio y la inconfundible podredumbre de un renegado. Un rogue. Un lobo que había
-una voz gutural retumbó desde la
farola rota. Mantuvo la postura encorvada, encogiénd
ormación a medio terminar. Sus garras sobresalían de dedos humanos grotescamente alargados, y su rostro era una ma
o, dando un paso lento hacia ella-. Hueles a miedo... y a medicin
ación perfecta de una víctima aterrorizada. Pero por dentro, el instinto de su
Tú? -El lobo soltó una carcajada áspera
y la velocidad ilícita de un metamorfo habrían sido mortales para c
largo, impulsado por su propio peso. Sin perder el equilibrio, ella descargó un golpe seco con el canto de la mano en la b
ca. El renegado lanzó un alarido de dolor y ca
intentando ponerse en pie mientras la mi
n combate prolongado atraería a los cazadores de la ci
elegancia imponente, y por una fracción de segundo, dejó que una chispa de su verdadero ser se filtrara a través de su mirada.
hasta hacía un momento se creía un depredador apex, sintió cómo el instinto primario de su especie le aplastaba
imiendo de puro terror. Sus patas temblaban, inc
ito, sino un susurro cargado de un poder tan denso que hizo que las garras del renegado se ret
omó del cuello de la camiseta m
a nadie en este barrio. Si escucho que le pusiste un dedo encima a un humano o a un cachorr
z de articular palabra bajo el peso del do
vió a canalizar la energía de una simple beta sin importancia, ahogando a su propia bestia en lo más profundo de su p
corporación, no enviarían a la policía: enviarían a sus escuadrones de eliminación con armas de plata refinada. O peor aún
o, comprobó que las ampollas estuvieran intactas y echó a a
bre el suelo frío. Elena apretó los puños dentro de sus bolsillos. La ciudad creía que la tenía bajo control, atrapada en sus deudas y en su
ciudad. No tenían idea de que la verdadera amenaza ya caminaba entre e
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