ue de fachadas oscuras y luces ámbar, el agua calaba hasta mis huesos, pero el calor que emanaba de la mano del Lobo era suficiente para mantenerme enc
podía apartar la vista de él. Sus hombros anchos llenaban el espacio, y su perfil, tallado con la dureza de quien está acostumbrado a mandar, se veía aún
o exterior -la deuda de mi padre, el contrato matrimonia
frío de su camisa húmeda y el fuego de su piel me hizo soltar un gemido ahogado. Sus manos, grandes y p
rró contra mis labios, su alient
ando su cuello con mis brazos y ente
continuaban su exploración, bajando el cierre de mi vestido con una destreza que delataba su naturaleza depredadora. El vestido cayó al suelo
cada curva de mi cuerpo latino. Había algo en su forma de mirarme que no era solo
Mis piernas se enredaron automáticamente en su cintura, sintiendo la dureza de
n movimientos rápidos, revelando un torso esculpido, cruzado por un par de cicatrices que solo añadían a
ndíbula hasta llegar a mi cuello, donde succionó la piel con una intensidad que me hizo arquear la espalda-. So
e presionar para hacerme arder. Mi respiración se volvió errática, convirtiéndose en súplicas que no sabía que podía pronunciar. El erotismo de
s chocaban, sentía que estaba quemando el contrato de los Al-Fayed, pedazo a pedazo, en el altar de esta cama de hotel. Sus manos no
cerme perder la conciencia, él me obligó a mirarlo a los ojos. E
i cuerpo obedeció sin dudar-. Recuerda esto. Recuerda que
estallaba en mil pedazos de luz y fuego. Me sentía plena, v
su mejilla con la yema de los dedos, sintiendo un nudo en la garganta. Sabía que al salir de esta habitación, volvería a ser la mercancía de una dinastía árabe. Sabía que mi virg
stido rojo, ahora seco pero arrugado, y me vestí en silencio. Antes de salir, dejé una pequeña
la mañana traería consigo mi boda con un hombre
ría, sino que me encontraría en el lugar más in
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