N
ue se había instalado en mi vida. Mis ojos se abrieron con lentitud, sintiéndolos pesados y llenos de arena, como si la noche no hubiera querido darme ni un segundo de respiro. Por un instante, mi mente e
tos rotos. Me quedé quieta bajo las sábanas, sintiendo el peso de este día que se extendía ante mí. La idea de levantarme, de tener que fingir normal
las últimas horas. Miré fijamente un punto borroso en la alfombra. La voz de mamá, recordándome
Antes de que pudiera decir nada, mamá asomó la
lzura, entrando en la habitación. Dejó la bandeja a mi lado,
sentí una mueca temblándome los labios.
nvolvió, un abrazo que aliviaba un poco la tensión en mi cuerpo. Pero mientras las lágrim
o cuando otro golpe en la puerta anunció visitas. Eran ellas: Kate, Sofía e Isabella. Sus caras refleja
abrazó con una madurez que siempre me sorprendía, sus ojos oscuros llenos de una comprensión que trascendía su edad. Isabella, o más bien, mi Bella, mi pequeño terremoto, se unió al abrazo con un apretón fu
mprensión tácita de lo que estaba sintiendo. Fue la voz tranquila y fir
Lo que necesites. No tienes
cia silenciosa era un recordatorio de que no estaba sola en esto. Las lágrimas picaron en mis ojos, pero e
la voz apenas un susu
bes que siempre estaré aquí, ¿verdad, Annie? Para lo que sea. Recuerda to
verdad. Bella siempre había sido mi cómplice, mi escudo en las travesuras de
ta mientras intentaba explicar este vacío que sentía, ofreciendo palabras sabias y reconfortantes que parecían venir de alguien mucho mayor. Bella se acurrucó a mi lado, ofreciéndome su mano y compartiendo conmigo algunas de sus preoc
¿Qué te parecería si la semana que viene salimos de esta casa? Lo que quieras hacer,
la voz de Kate me hizo considerarlo. Sabía que ella no se rendiría fácilmente. Sofía
go podemos ver esa película de terror
tación, en compañía de mi hermana y mis dos amigas incon
lo que necesitaba. Sin embargo, a pesar de las palabras de aliento y las promesas de futuras salidas, la verdad era que la idea de enfrentarme al mundo exterior seguía siendo aterradora. La vergüenza y el dolor eran un pesado manto que me mantenía anclada a mi cama, a mi habitación, a la seguridad relativa de mi aislamiento. Los días se convirtieron en semanas, y las semanas, casi en dos meses. El escándalo que había destrozado mi vida gradual
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