l centro financiero de la ciudad. Alana se encontraba de pie en su oficina privada, contigua a la de Garrison, sosteniendo una taza de café humeante que apenas había probado. Llevaba un imp
una ligera capa de corrector cubría las marcas de la
de los acontecimientos de la madrugada la asfixiaba: la exigencia fría de su esposo por un heredero, el peso de un acto que se sentía más c
su habitual paso firme, revisando unos documentos en su tableta. Su rostro reflejaba la rigidez de un
un saludo previo ni una mención a lo ocurrido en la suite presidencial-. Quiero que estés
Alana, manteniendo el tono neutral y prof
antalla y levantó la mirada. Sus ojo
quién mantuvo este consorcio a flote mientras él se dedicaba a despilfarrar su herencia en proyectos rebeldes y noches de exceso. Es mi hermano,
el aire que contenía en sus pulmones, alisó los pliegues de su falda y recogió su cuaderno de notas. Sabía que la rivalidad ent
einte personas, sillones de cuero negro y una vista panorámica que hacía que cualquiera se sintiera dueño del mundo. Cuando
tabilidad del matrimonio de oro de los Sterling. Sin embargo, el asiento a la derecha de Garrison -res
trica. Faltaba un minuto para la hora exacta del inicio cua
Sterlin
nte entallado a sus hombros anchos y su torso atlético. No llevaba corbata; los dos primeros botones de su camisa blanca estaban desabrochados, desafiando el estricto código de vestimenta que Garri
voz resonando como un golpe de mazo en la sala
zó con una elegancia felina, arrastran
ocolos de seguridad en la entrada son demasiado... pretenciosos -respondió Damian. Su voz
diato, se detuvo detrás del asiento vacío a la derecha de Garrison, pero
ente del traje marfil en un segundo. Había una fijeza tan intensa en su mirada, un hambre tan viva y contraria a la gélida indiferencia de Garrison, que Alana tuvo que aferrar sus dedos debajo de la
surro íntimo que rozaba lo prohibido-. Sigues siendo la joya más hermosa de esta
cio -respondió ella, forzando una voz firme que
sa con su bolígrafo de oro, int
dos de salón. Si vas a integrarte al comité de desarrollo internaci
Alana, antes de dejarse caer en el sillón de cuero. Cruzó una pierna con tota
exponía las proyecciones financieras con su frialdad metódica habitual, Damian no dejaba de jugar sus cartas. Cada vez que in
rozaron accidentalmente el zapato de Alana en un par de ocasiones. La primera vez, ella retiró la pierna de inmediato, sintiéndose culpable. La segunda vez, el roce no fue accidental. El zapato
ando de una manera que despertaba un deseo prohibido que creía muerto. Sintió un cosquilleo ardiente subir por sus piernas, una reacción física incontrolable ante la audacia de Damian. Su mente l
suraron a salir, intuyendo la tormenta familiar que se aveci
on, mirando a Damian-. Alana te entregará los expedientes del proy
regando lo que necesito -respondió Damian con una dob
ándose tras de sí. El silencio regresó a la estancia, pero ya no era el silenc
. Juntó los expedientes con movimientos rápidos, pero antes de que pudiera d
bloqueando el paso de Alana, mientras su cuerpo se inclinaba hacia ella. El aroma a madera, tabaco c
n con un fuego oscuro, fijos en los labios de Alana, que se habían entreabierto por la sorpresa-. Te vi anoche. Te veo aho
temblorosa, intentando empujarlo por el pecho, pero sus manos sol
endo -replicó él, inclinándose un milímetro más, su aliento cálido rozando
de juntas por cualquier empleado o por el propio Garrison pendía sobre ellos como una espada de Dam
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