ey Alfa. Me quedé inmóvil en la inmensa cama borgoña, con las manos apretadas sobre las mantas finas. El calor de su beso aún palpitaba en mi frente, pero e
estructiva e implacable, un monstruo que no dudaba en masacrar manadas enteras si desafiaban su autoridad. Sin embargo, el hombre que me había acunado en sus brazos
azos -murmuré para mí misma, la adren
r había desaparecido por completo; las vendas pulcras que envolvían mis pies apenas interferían con mi movimiento. Me puse de pie con cuidado, sintiéndome extrañ
avanzando con paso firme hacia los límites del bosque. Al frente de todos ellos, destacaba la
onectaba mi corazón con el suyo, me empujó a moverme. Tenía que pre
n parecía haber vaciado el castillo para desplegar a su élite en la frontera. Guiada únicamente por mi instinto y por el sutil rastro de humo y sándalo que
eal de Sangre de Ónice. El aire frío golpeaba mis mejillas, pero el lazo con mi segundo compañero me mantenía extrañamente cálida por dentro. Después de q
río fronterizo, embravecido por la tormenta de la
obusto de mirada cruel, y a su lado, luciendo su habitual expresión de superioridad, estaba Caleb. Mi excompañero vestía ropa de combate oscura, con los puños apretados y la mand
deseamos un conflicto con tu manada. Solo estamos aquí para recuperar lo que nos pertenece por derecho. Una de nuestras sirvientas humanas, una lis
frente, con los ojos
e niega a aceptar las leyes de la manada -escutió Caleb con prepotencia
er la reacción de Kaelen, esperando ver si vacil
ana. El silencio que guardó durante unos tensos segundos fue tan gélido que incluso el viento pareció detenerse. Cuando finalmente habló, su voz no fue un grito, s
sprovista de cualquier rastro de piedad, se dibujó en sus labios-. Es c
ño, claramente ofen
na huérfana inútil que limpiaba nuestros suelos
devastadora que los lobos de Luna de Plata flaquearon, obligados a hincar una rodilla en el suelo para no ser aplastados por el aura del
. La mujer de la que hablan, la mujer a la que persiguieron y humillaron, ya no pertenece a su patética manada. Ella cruzó mi frontera
as filas de Luna de Plata. El viejo Alfa palideció por com
ensión de lo que acababa de escuchar pareció golpearlo como un hachazo físico. Un lobo rechazado rara vez recibía una segunda op
n la arrogancia desvaneciéndose por completo de sus facciones-. El
una de Plata de la faz de la tierra antes de que caiga el sol -prometió Kaelen, su voz resonando como una sentencia de
a de Plata, completamente aterrorizados y humillados, comenzaron a retroceder a toda prisa hacia el espeso bosque de su territorio, arrastrando a
tuvo en seco en medio del sendero. Sin girarse, clavó su mirada p
dijo suavemente, su tono transformándose por completo
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