tumbrada a abrir los ojos en un catre estrecho con un colchón relleno de paja endurecida, rodeada por el olor a humedad y
i estuviera flotando sobre una nube tejida con seda y plumas de ganso. Y, por último, estaba el olor. El embriagador, oscuro y varonil aroma a humo de leña, sándalo y chocol
tud, parpadeando para a
nas de un profundo color borgoña. La habitación era inmensa y exhalaba un lujo austero y masculino. Paredes de piedra oscura, gr
iré hacia abajo. Ya no llevaba el andrajoso vestido manchado de espuma y barro de la noche anterior. En su lugar, estaba vestida con una enorme camiseta negra de algodón que me ll
de Caleb había dejado en mi pecho había desaparecido, reemplazado por
altar. Me encogí instintivamente contra la cabecera de la cama, at
ró en la h
os y una camiseta ajustada que no hacía absolutamente nada por ocultar los músculos esculpidos de su pecho y brazos. Su cabello oscuro aún estaba ligeramente húmedo, cayendo re
ador, un aura de dominio absoluto que en cualquier otro lobo me habría obligado a aplastar mi rostro contra el
rítono ronco que envió un delicioso escalofrío desde
sola palabra, mis dedos aferrándose a las sába
l borde del colchón, se sentó. El colchón se hundió bajo su considerable peso. Levantó una mano inmensa hacia mi rostro. Yo, condicionada por año
ue siguió fue
rmenta de furia asesina contenida. Su mandíbula estaba apretada con tanta fuerza que escuché rechinar sus dientes. Sus ojos p
elvas a encogerte ante mí. Jamás te levantaré la mano. Prefiero cortarme
sinceridad pura y cruda en s
lla, apartando un mechón de cabello. Su pulgar rozó mi piel,
untó suavemente, su mirada ablandándose
o-. Eliana de la manada... -me detuve, recordando
se detuvo sobre mi piel. Inhaló profundamente,
n lazo roto. Sangre y traición -su pecho emitió un gruñido bajo que hizo vibrar el aire-. Alguien se atrev
cuerdo de la humillación pública, la risa de Aria
mirando mis manos-. Caleb. Me rech
su alrededor se volvió tan densa que las sombras de la habitación parecieron retorcerse, respondiend
haré que su manada se ahogue en sus propias cenizas -sentenci
detenerlo. Tenía que decirle la verdad an
como aferrarse a una viga de acero caliente-. Kaelen, escucha.
e mi toque, la ira cediendo
Soy una lisiada. Cumplí dieciocho años anoche y no pasó nada. No tengo loba, Kaelen. No me curo rápido, no tengo fuerza, no tengo magia. Soy una
cuchar las mismas palabras que Caleb había escupido. Esperan
macizo. Sus brazos me rodearon, aplastándome contra él en un abrazo tan posesivo y feroz que m
zaba la locura-. Loba o no, fuerte o humana, eres mi alma, eres mía. Esos idi
re sus enormes manos, obligándome a mirarlo. Sus
eron creer esa mentira pagarán con sangre cada lágrima que has derramado. Eres
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