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sesivas y el aroma embriagador a madera de cedro y bergamota. Esos eran los ú
es a un cliente, pero la oscuridad del área VIP y un apagón momentáneo la arrojaron a los brazos de un desconocido. Un hombre con una máscara de lobo plateado que la besó con una urgencia salvaje, co
rás al extraño que aún respiraba agitado, llamándola con
icio -la voz de la recepcionista a través del intercomuni
so amante, y se ajustó las gafas de montura gruesa sobre el puente de la nar
o ochenta de la Torre Vance, ella era solo la eficiente, invisible y silenciosa
con un suave murmullo y la temperatura de la
os por un traje Armani hecho a medida, y un rostro tallado con una perfección casi cruel. Pero lo que más intimidaba e
sional, entregándole su café negro, sin azúcar, exacta
devolverle el saludo, tomando el vaso. Al hac
na contuvo el aliento, apartando la mano con disimulo. Últimamente, la presencia d
fusiones corporativas, el teléfono personal de Elena vibró en su bolsillo.
, clavando sus ojos grises en ella. Parecía irr
las diez -terminó de decir, sintiendo un nudo en la g
tición inusual en su impecable secretaria, pero as
llo, con las manos temblorosas. Entró al
on el corazón latié
a la señora Martínez, su madre adoptiva-. Hombres de traje oscuro entraron a mi casa pregunta
roblemático padre adoptivo, la habían localizado. Si se quedaba, no solo su vida corría peligro, si
pidamente una carta de renuncia en su tableta. La imprimió en la estación de s
uerta. Entró
mirando la ciudad que dominaba. Se giró lentamente, fr
tembló por una fracción de segund
obre el escrit
secretaria robótica y perfecta. Vio a una mujer pálida, con los ojos muy abiertos, casi salvajes. Por un brevísimo instante, algo en
e una furia contenida-. Sabe perfectamente que por contrato r
señor. Y de fuerza mayor. Necesito que fi
y bergamota la envolvió por completo. El estómago de Elena dio un vuelco repentino,
otro, señorita Fuentes. Nadie -
teniéndole la mirada con un
la insubordinación le hervía en la sangre. Arrancó un bolígrafo de oro de su chaq
erta, asegúrese de no volver
elta y salió de la oficina, sintiendo que el pech
e contra la pared de mármol frío, llevándose una mano al vientre de forma instintiva. No sabía qu
acababa d
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