cionera que podía romperse en cualquier milisegundo con el aullido de una sirena de ambulancia o el pitido en código rojo de un monitor. Me encontraba en la estación de
en la silla de plástico de al lado, ofreciéndome un vaso de cartón con café humeante-.
aceptando el café como
írculo universitario; el anestesista bonachón que prefería la
ndo los talones de sus zapatos en un escritorio vacío-. Para todos nosotros, eras simplemente "la chica que desapareció
mentos, se tensó visiblemente al escuchar las palabras de Santi. No se giró, pero su espalda anch
nte la nuca de Ian, desafiándolo en silencio a pesar de que él seguía dándome la espalda-. Es curioso, Santi. He tenido tant
ules estaban oscuros, casi negros, cargados de una tormenta elé
ás mínimo ahora, Harrington. Eres una R1 y punto -
con una valentía suicida que no sabía que poseía-. Pero hubo un apodo en la facultad que si
ladeando la cabeza. Ian entrecerró los
eguntó Santi con una
ia, dejando que las palabras cayeran con el peso
boca abierta, el vaso de café a medio camino de sus labios. La mandíbula de Ian se ap
y su tono jovial se transformó en una sú
risa triste, sintiendo el peso de mis recuerdos-. Escuché cada una de sus risas en los
arte después, me sentí fatal por no haber tenido los pantalones de avisarte de la estupidez que Ian y Mark estaban planeando en ese vestidor. Ahora miro
tocando su brazo-. Eras su amigo. Las lealtades
madrugada. Dio tres pasos rápidos e implacables hasta quedar a escasos centímetros de mí; su impo
unté, incrédula
rentarme como una mujer, en lugar de decirme a la cara la basura que habías escuchado, hiciste lo que mejor sabes hacer: huir. Te fuiste como una rata asu
contenida me quemaban los ojos-. ¡Le pusiste un precio de cien dólares a mi primera vez! ¿Qué querías que hiciera? ¿Que me
lpeando el mostrador de madera de enfermería con el puño cerrado-. ¡Pero no! Preferiste borrarte y dejarnos a todos con la ma
la pelea como un bisturí. Venía acompañada de Marcos, otro de los médicos del
o de Ian, pero su mirada estaba fija en mí, ca
l dorso de la mano y recuperando el control de mi voz-. Tiempos universitarios en los que algunos de aq
cer hasta la médula. No era el desprecio de alguien que ha olvidado el pasado; era el odi
gélido, profesional e implacable-. Tu turno de guardia aún no termina. Y no vayas a creer que menci
ra. Elena se acercó rápidamente y puso una mano firme en mi hombro, apretándolo con fuerza en señal de apoyo, mientras Marcos y Santi intercambiaban una mirada carga
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