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cuero negro sobre el escritorio de cristal de mi oficina. – No voy a dejar el imperio textil que construí en manos de una mujer soltera que no puede proyectar una i
irada sin parpadear mientras recojo la estilográfica dorada que reposa junto a los documentos. – No necesito que ningún hombre valide mi capacidad para dirigir Vance Enterprises, pero si
rrar de ojos si no cumples con la cláusula –advierte él, dándose la vuelta hacia el gran ventanal que domina la ciudad, con los hombros rígidos y la voz cargada de una fria
rarte y preparar el discurso de traspaso –le espeto, firmando el recibido de la notificación con un trazo violento que
elular rompe la tensión acumulada sobre mi escritorio. Deslizo la pantalla sin mirar el remit
na la voz melodiosa y seductora de Jean Paul a través del altavoz, desbordando esa seguridad aristocrática que siempre lo caracteriza. – He reservado
los documentos dispersos en mi maletín mientras sostengo el teléfono entre la oreja y el hombro. – Necesito que hablemos seriamente sobre
ndo entero –responde él con una risa ligera, denotando que confunde mi urgencia con un simple juego de seducción. – Te espero en la en
hacia la salida de mi despacho privado. Al abrir la pesada puerta de madera noble, me encuentro de frente con la imponente y silenciosa figur
icio? –le reclamo con fastidio, deteniendo mis pasos a escasos centímetros de su pecho robusto. – Te he dicho mil veces que detesto que me vigi
e tengo asignadas para su jornada –responde Ethan con voz monocorde y profunda, sin alterar un solo músculo de su rostro indescifrabl
nvitados –le espeto, caminando a toda prisa por el pasillo de mármol mientras escucho el eco regular de sus botas militares pisándome los talones. – De ver
a –me recuerda él con una tranquilidad que me crispa los nervios, manteniendo la distancia exacta de dos pasos detrás de mí. – Albert Vance no tiene contro
mato, un hombre frío que firmó un contrato de exclusividad absoluta conmigo, asegurándome que su lealtad no se vende al mejor postor ni se dobla ante las amenazas de mi progenitor. Al llegar al ascensor privadona –le ordeno en cuanto las puertas se abren en el sótano, entregándole las llaves del vehículo deportivo para que desactive la alarma. – Esta
s compromisos –contesta él, abriendo la puerta del conductor con un gesto mecánico y cortés que contradice la dureza de sus ojos oscuros. – Solo le
dades –le digo, subiendo al coche y encendiendo el motor con un rugid
tarde, el personal de valet parking del hotel Carlton recibe mi vehículo en la entrada principal, donde una alfombra roja se extiende bajo los flashes intermitentes de la prensa. J
tura con suavidad y atrayéndome hacia el grupo de reporteros que gritan nuestros nombres. – Sonríe un poco, m
e susurro al oído mientras mantengo una sonrisa radiante ante las cámaras, permitiendo que me guíe hacia el interior del fastuoso salón decorado con ca
ente atractiva esta noche –comenta él, retirando la silla para que me acomode antes de sentarse frente a mí. – Dime de una vez cuál
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