itmo. Valeria observó, con los ojos ardientes por la falta de sueño, cómo el cielo abovedado sobre el jardín japonés pasaba de un
a. Había llorado en un silencio absoluto, sentada en el suelo de ébano, dejando que la furia quemara la tristeza hasta convertirla en pura adrenalina. Cuando la luz artificial del nuevo día iluminó la habit
al pequeño lavabo contiguo a la habitación, se lavó la cara con agua helada y se recogió el cabel
dos muebles de diseño estaban atornillados al suelo o carecían de bordes afilados. Dante no era un aficionado; había diseña
naba ligeramente con el minimalismo del resto del cuarto. Abrió el único cajón central. Dentro, ju
opaca pero una punta letalmente afilada, diseñada para rasgar papel grueso y sellos de cera. Valeria lo tomó. El peso frío delun botón del traje de Dante, se doblaría o resbalaría. Tenía un sol
ndo la tela para que no se notara el relieve, y se sentó en el borde
tillos magnéticos liberándose fue el pist
r oscuros y un jersey de cuello alto negro de cachemira que se ajustaba a su torso, delineando la amplitud de sus hombros y la musculatura compacta de sus br
e ella, sus ojos de ónix evaluando s
mentando el clima en lugar de hablar con la mujer a la que acababa de arruinarle la vida. Dejó
o impenetrable, la misma expresión que utilizaba cuando un abogado defensor intentaba arr
on las manos relajadas a los costados. Su confianza era absoluta. Creía haberla domado c
ue su
scalzo pareció resbalar sobre la madera pulida, y su cuerpo s
antar las manos para sostenerla.
El abrecartas de plata brilló bajo la luz artificial, una línea plateada que cortaba el aire en un arco ascendente y directo hacia
ci no era un
gía humana, su mano izquierda se disparó hacia adelante. No intentó bloquear el arma; atr
ido ahogado, sintiendo cómo los dedos de Dante se cerraban alrededor de su radio y cú
aleria contra ella. Tiró de su muñeca con violencia controlada, retorciendo el brazo en un ángulo antinatural que le provocó
trastabilló hasta que su espalda chocó con fuerza contra la pared de cristal b
eto. Presionó su antebrazo contra la clavícula de Valeria, inmovilizándola contra el vidrio frío,
segundos. Con una facilid
era una pared de granito. Su agarre no era doloroso ahora, pero era inamovible. La diferencia de fuerza física entre ambos quedó expuest
que Valeria podía sentir el roce de su aliento caliente contra su mejilla-. Es
lidez que emanaba el cuerpo de Dante eran asfixiantes. Se odió a sí misma por la forma en que su prop
ió ella entre dientes, tirando inú
io, pareció inclinarse una fracción de milímetro más cerca, su mirada cayendo desde los ojos de V
rmuró, su voz vibrando en el pecho de Valeria-. ¿Acaso crees que te habría dej
allí intencionalmente, dándole una falsa sensación de esperanza, solo para arrebatársela y demostrarle que, en el plano físico, ella no e
riciante, un contraste grotesco con la violencia de la inmovilización-. Y me alegra comprobar que
a, pero no liberó sus manos. Acercó sus labios al oído de la fisc
l domador. Y cada vez que intentes morder
tó de
casi amoratadas. Dante retrocedió un paso, ajustándose los puños del jersey de cachemira con una tranquilidad exaspe
-. Te sugiero que lo bebas. Necesitarás energía. Tenemos mucho trabajo q
ulso desbocado y una nueva e inquietante verdad grabada a fuego en su mente: no podría ganarle a Dante Voci con la fuerza. Si que
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