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Tras la traición, reclamó su imperio

Capítulo 5 

Palabras:720    |    Actualizado en: Hoy, a las 13:41

a. El Templo de Dendur estaba bañ

lugar principal. Elena estaba a su lado

, ella estaba allí, manteniendo una conversación educada con un diplomático francés. Hablaba fran

s entrañas. La lógica decía: Imposible. Estaba enferma.

a años, se levantó en la mesa de Serena para hacer u

r el...", tar

s se desorbitaron. Un horrible y gutura

mó hacia

RA

de vino se volcaron, tiñendo el mante

gritó la S

paron contra el suelo de piedra.

, gritó alguien.

izados, mirándose unos a otros. La sala era

n el teléfono ya en la ma

miento captó

re

ritó. No

s tacones d

darlo, agarró la tela en la parte superior de la abertura existente y tiró de ella hacia a

actante en el sil

tido; reaccionó como una socorrista entrenada. Se deslizó

rdenó al camarero paralizado.

uelta al pe

arteria carótida. Su rostro era u

anunció. "P

locó sobre el pecho de él

s, tres

ido", murmu

perfecta. Cada compresión rompía una costil

ó sin levantar la vista.

e solía tener miedo de pedir una pizza por teléfono aho

illó Elena. "¡Lo va a mat

cabeza de DuPont hacia atrá

Obstrucción. Es un bolo alimenticio

tentó la maniobra de Heimlich desde el sue

a

se estaba poniendo

dijo Serena. Levantó la vista. Sus o

ctamente

ado!", gritó. "Algo estre

gritó Elena.

mano en el bolsillo de su esmoquin

rrojó a

atrapó e

al camarero. "¡Viér

Grey Goose sobre

pero tendrá que

ó el cartucho de tinta. Se que

r!", gritó una mu

nta de DuPont, justo en la hendidura

Una comunicación silenciosa pa

tó la

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Tras la traición, reclamó su imperio
Tras la traición, reclamó su imperio
“Bajo la lluvia helada de Manhattan, apreté la caja de pastel Red Velvet contra mi pecho como un escudo. Era nuestro tercer aniversario y yo, Lucía de la Mora, con mi cuerpo hinchado por un trastorno metabólico y la piel marcada, solo quería sorprender a mi esposo Julián en su exclusivo club privado. Pero al llegar a la puerta de la suite VIP, mi mano se congeló antes de tocar. Desde adentro, las risas crueles de sus amigos retumbaron, seguidas por la voz fría y distante de Julián: "No me digas que vas a ir a casa con esa criatura esta noche. Apenas es medianoche". Mi corazón se detuvo. Él continuó, asegurando que yo no era más que una firma necesaria para cobrar su fideicomiso, una vergüenza gorda y enferma, mientras brindaban por su amante, Elena. Sentí como si me amputaran el alma sin anestesia. Dejé el pastel en el suelo del pasillo, regresé al penthouse vacío y destrocé el espejo donde veía mi reflejo "feo". Me arranqué el anillo de bodas hasta sangrar, firmé los papeles del divorcio renunciando a cada centavo y desaparecí en un jet privado hacia Suiza esa misma noche. Julián pensó que volvería rogando. Me buscó, pero yo ya era un fantasma. Pasé tres años reconstruyéndome, sanando mi piel y mi cuerpo, transformando el dolor en acero. Tres años después, en la Gala del Met, bajé de un Rolls Royce convertida en una visión irreconocible de seda esmeralda. Julián, hipnotizado por mi nueva apariencia, no supo quién era, pero sintió unos celos enfermizos y posesivos cuando otros hombres intentaron tocarme. Me siguió hasta un callejón oscuro, acorralándome contra la pared, exigiendo saber mi identidad y reclamándome como si fuera suya. Fue entonces cuando lo miré a los ojos y le solté la verdad: "Perdiste el derecho a estar celoso hace tres años, Julián, cuando le dijiste a tus amigos que yo era una criatura". Él palideció, retrocediendo como si lo hubiera golpeado. "Esa mujer murió esa noche. Tú la mataste".”