ado como el golpe de un mazo dictando sentencia. Elena se quedó de pie, paralizada a un metro del u
de cristal blindado que ofrecían una vista vertiginosa de los rascacielos circundantes, paneles de nogal oscuro y un suelo de mármol negro tan pulido q
su guarida. No le ofreció tomar asiento. Se aflojó ligeramente el nudo de la corbata
pulcral de la habitación-. Tienes una máquina de espresso italia
uxiliar de cristal, sintiendo cómo el cuero sintético desentonaba violentamente con el luj
mecánico. «Sobrevive», se repetía a sí misma, con el rostro de Leo proyectado en su me
que lo envolvía. Lo había preparado cientos de veces en el pasado, en las mañanas perezosas cuando se despertaba
aminó hasta el escritorio de obsidiana y dejó el café frente a él, cuidand
é, seño
la a sus labios. Tomó un sorbo. El silencio en la habitación era tan denso que Elena p
ca de desagrado, lo cual era, vinien
dedos-. Ahora, pasemos a asuntos más sustanciales. Tienes exactamente tres minutos para explicarme dónde te has estado
omenzado. Si él tiraba del hilo correcto, descubriría a Leo. Tenía que s
Usted me despidió. Me arrojó a la calle sin referencias y manchó mi nombre en el sector financiero. Hice lo q
ntanales. Rodeó el escritorio con pasos felinos y se detuvo a escasos centímetros de ella. El aroma a sánd
s, los vendiste a Kovach Enterprises, causaste pérdidas millonarias a mi compañía... ¿y esperas
fuego de la injusticia ardiendo en los suyos-. ¡Le dije hace cinco años que era inocente y se lo repito ahora! ¡Alguien usó
damente fue enterrada bajo una gruesa capa de control absoluto. Levantó una mano y, con un movimiento rápido y posesivo, a
odía sentir su respiración cálida rozando sus labios-. Ya no soy el imbécil enamorado q
emitió un zumbido agudo. Alexander soltó su mentón lentamente, como s
stá reunida en la Sala A. Lo están
brando su máscara de hielo-. Toma una tableta electrónica, Elena. Vas a acompañarme. Es hora de que v
paso por detrás de Alexander mientras i
esa estaban sentados en tenso silencio. Hombres y mujeres con trajes de miles de dólares, relojes de lujo y años de experiencia
cabecera. Elena se situó de pie, en una esquina osc
ulos. Dejó caer una pesada carpeta sobre la mesa
ó Alexander, su voz baja, aterciopelada y letal-. Son un insulto a la inte
lado de sudor, se aclaró la garganta desde el otro ext
ro global sufrió retrasos por la huelga en los puerto
insoportable-. Señor Vargas, a mí no me pagan por excusas, y yo no le pago a usted para que
. los protocol
taminó Alexander con frialdad-. Porque a partir
los ojos de par en par, atónita. Vargas llevaba
niéndose de pie, rojo de furia e indignación-.
solo centavo de esas acciones -replicó Alexander sin inmutarse, haciendo un leve gesto con la mano hacia la puer
a e implacable del CEO, su espíritu se quebró. Agarró su maletín y s
sobre los once ejecutivos restant
-. Volkov Industries ya no es un club de campo para ejecutivos conformistas. A partir de
control absoluto, no con gritos, sino con la eficacia quirúrgica de un ve
da, y comprendió con absoluta claridad la magnitud del peligro en el que se encontraba. El hombre del que se había enamorado, el hombre que le habí
ba a su ent
pila de expedientes técnicos de casi medio metro de alto y los dejó caer sobre un pequeño e
ntifica las ineficiencias que el idiota de Vargas pasó por alto -ordenó él, abo
. Era un trabajo que a un equi
na -susurró, sintiendo que el agotamien
torio de ella, apoyando las manos a ambos l
tengas para esta noche, Elena. Porque no saldrás de este edi
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