“Estaba sentada a la cabeza de la mesa de caoba, las pesadas esmeraldas de la familia alrededor de mi cuello me marcaban como la futura Reina del Sindicato. Pero el hombre a mi lado, Javier Robles, el Don más temido de la Ciudad de México, tenía su mano posesivamente sobre el muslo de la mujer sentada a su derecha. Ella no era su prometida. Lo era yo. La humillación no terminó en la cena. Javier la mudó a mi casa, convirtió mi estudio de danza en su clóset, y cuando ella me empujó por las escaleras, él pasó por encima de mi cuerpo roto para consolarla porque estaba "muy asustada". Inició una guerra sangrienta solo para defender su honor, pero ignoró mis llamadas desesperadas advirtiéndole de una emboscada. Para él, yo no era una compañera. Era un mueble, un objeto que debía ser silencioso y útil. Quemaría el mundo entero por ella, pero por mí, ni siquiera cancelaría una junta. Así que, mientras él celebraba la victoria que consiguió para ella, no esperé a que volviera a casa. Dejé el anillo de compromiso en el bote de basura junto al inodoro. Sobre su escritorio, dejé una sola nota: "Te libero del juramento. Espero que ella valga la guerra". Para cuando se dio cuenta de su error y vino a buscar a su sombra, yo ya me había ido, lista para convertirme en la Reina de mi propia vida.”