o ser escuchada. Ahora, era el silencio de un cementerio antes de la profanación. Ana no estaba en su cama. Estaba de pie
ue perteneció al abuelo; una hoja de acero al carbono, larga, afilada como una promesa de muerte. Al tocar el mango de madera, una descarga eléctrica recorrió la columna de Ana. Sus ojos, ante
universitaria que leía poesía. Era un siseo metálic
us pies era un recordatorio de cada vez que él subi
ta, ajeno a que el destino acababa de cerrar la puerta con llave. Ana se acercó a la cama, moviendo la cabeza con espasmos lentos, de un lado
o brilló bajo la luz de la luna q
o -dijo Ana en u
rocesar el miedo. Con una fuerza sobrehumana, Ana descargó el brazo. El acero se hundió en la base de su
las manos a la herida, tratando desesperadamente de retener la vida que se le escapaba por los dedos. Ana no se apartó. Al co
a con tics violentos-. Esto es lo que se siente perderlo
ra; parecía una entidad antigua y malvada que disfrutaba del olor a hierro de la sangre fresca. Ella come
saco de carne rota -gritó ella, estallando en u
ó en la habitación. Al encender la luz, el horror la golpeó de frente. Erick estaba agonizando en un mar de rojo y An
ujer, entrando en un estado de shock absoluto, ret
ia ella. El movimiento fue mecáni
-. He hecho lo que tú nunca tuviste el valor de hacer.
! -sollozó la madre, con las ma
mientras el cuchillo goteaba en el suelo-. Te dije que me tocaba, te dije que me dolía, te dije que me estab
ame! -suplicó la madre, intentando dars
na velocidad felina. La derribó en el pasillo, justo antes de que pudiera alcanzar las escaleras.
la mirada-. Ahora vas a sentir lo que
estómago. Luego el se
a Ana mientras hundía el cuchillo una y otra vez-. ¡Est
fuera papel. Ana no se detenía. Perdió la cuenta de las veces que clavó el arma. El estómago de la muj
rodeada de los dos cadáveres de las personas que deberían haberla amado y protegido. El silenci
ió la imagen de una desconocida con ojos de fuego y rostro manchado de p
hacia el horizonte, imaginando las luces de París-.
u maleta. Tenía un avión que tomar y un imperio que conquistar. El rastr
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