udad se rompió con u
ar a la fuerza. Un trueno ensordecedor hizo vibrar el suelo bajo los pies de Maximilian. Para un hombre que había perdido la
vía al yate. Al calor abrasador. Al moment
iraba de forma errática. Las luces de la habitación debían estar encendidas -el hospital contaba con generadores infalibles-,
ción. Maximilian soltó un gruñido ronco, llevándose las manos a las sien
or R
la tormenta como una cuchilla
la lluvia había ahogado sus pasos, pero ahora que estaba allí, el inconfundible y
voz sonara con la autoridad habitual. Salió rasposa, delatando el tem
ercándose. El roce de su uniforme era un susurro constante que le indicaba su posición exacta-. Además, su ritmo car
un niño asustado por los truenos -espetó él, a la defens
ijo que
sentir el calor que irradiaba su cuerpo, una presencia reconfortante que c
n ese tono profesional que a veces lo volvía l
e ante el peso del agotamiento-. Es... es la nada, Sara. Es estar atrapa
agó saliva, odiándose por la vulnerabilidad que acababa de mostrar. Él, el depreda
detenerse. La pre
rometidos, de probabilidades. Pero nadie me asegura nada. Nadie me mira a la cara... o a estas malditas vendas... y me jura que volveré a ver. ¿Qué pasa si est
l colchón se hundió ligeramente.
de Maximilian Roth era sagrado, infranqueable. Pero en ese inst
es inútil,
de su nombre, pronunciado con esa cadencia aterciopelada y
o la emoción contenida-. Su mente es brillante, su voluntad es de hierro. La visión es solo uno de sus sentidos. Si la pierde, lo cu
él, que seguía tensa sobre su rodilla. El tacto de su piel contra los
esperado, giró su mano y entrelazó sus dedos con los de ella, afe
igue hablando. Tu voz es lo único que tiene sent
y Maximilian supo, por la cercanía del so
quí -sus
conocer a la mujer que lo estaba salvando de la locura, Max
l aliento, per
no con una suavidad reverencial que él no sabía que poseía. Sintió la piel tersa, el pulso desbocado latiendo salvajement
ión con él, pero irradi
aves, cálidos y ligeramente entreabiertos por la anticipa
menta y el olor a piel limpia. Se inclinó hacia adelante, guiado por la res
os se en
habitación durante días. Maximilian la besó con una urgencia posesiva, reclamando su boca como un hombre sediento que finalmente encuentra agua
, ella se rindió al beso, soltando un leve gemido que lo volvió loco. Sus manos, pequeñas y firm
desapareció. Solo existía el sabor de ella, la calidez de su cuerpo contra el suyo y el latido fr
o sus frentes unidas, sintiendo el rápido latir del corazón de ella contra su pecho. No quería soltarl
ando con sus labios la co
vez por algo que no era compasión, sino deseo puro y miedo a las consecuencias. I
por la cintura, ma
rocidad ronca-. He estado muerto durante una semana, y tú eres
a de Sara una vez más, como un ciego leye
ué color son tus ojos, ni si tu cabello es claro u oscuro. Pero juro por mi vida que, cuando me quiten estas v
entáneamente por el relámpago de un trueno lejano, Sara
trado en las sombras. En ese momento de perfección, mientras él le juraba devoción en la penumbra, Sara supo que le a
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