y mi primo no dej
me agachaba a recoger algo, aparecía detrás. Si me quedaba sola en la cocina, él entraba sin mot
o sucio. Me gustaba verlo así, fuera de sí, y al mismo tiempo sentir que podía detenerlo con una sola palabra. Le bastaba una mirada mía p
dejarle claro que no iba a pasar, al menos no todavía. Esa barrera, ese clic seco del pestillo, me daba una sensación de control que neces
Y en medio de eso, me repetía que no volvería a pasar. Mentiras que
recordarle lo que no podía tener. Me sentaba frente a él en el desayuno y abría un poco las piernas, lo suficiente para que se
a retorcida de sentirme fuerte, de compensar todo lo que me había desordenado la primera vez que nos
al baño a oscuras, sin hacer ruido, como si no
boca arriba, con el torso desnudo y el cuerpo enredado en las sábanas como si hubiese estado peleando con algo en sueños. Una pierna co
ara memorizar la escena, para sentir que el deseo me trepaba de
l pestillo. Me metí en la cama de espaldas a la entrada,
able, tan distinto al chico seguro que caminaba por la casa como si todo le perteneciera. En
que la tensión entre nosotros se volvía más difícil de sostener. Estábamos a un
ar agua, pero él entró y cerró la puerta con el pie. No dijo ni madres. Sólo me miró
endo cómo me ardían los muslos
enerlo así,
y la mandíbula apretada, me puso caliente. Lo vi tragar saliva, con
s me haces esto? -
té, como si no supiera
os, sin brasier, con esas putas miradas que me
o, y le di un trago al agua. Estab
s... -le dije, ya sin vergüenza-. Me gusta tenerte
piración en la cara. Me tenía acorralada en
a que se
¿sabes? -me dijo. Su voz sonaba baj
Espera a que estemos solos... bien solos... y ahí sí... hazme l
ás, pero lo noté duro, inflamado, como si ya no p
el vaso aún en la mano. Sabía que lo tení
dos. Porque yo también m
volvió a
o perro encendido desde que llegué. Me rozaba, me buscaba, me miraba como si yo fuera suya. Y la verdad yo también lo deseaba. Desde el primer
que me hacía temblar. Su mano ya se había colado bajo mi ropa interior, y yo... yo ya no quería detenerlo. Lo deseaba, con la piel y con e
dad? -me dijo
pen... sí -le respo
De verdad, a segundos.
vez.
gue -le rogué, sin si
de hombre frustrado que no sabí
l trabajo -dijo. Y sin que pudiera
horrible entre las piernas. Escuché cómo abría la puerta
güey! Te caí
s... qué
ajé la blusa, me peiné con los dedos. Aún t
y desinteresada. Tenía las manos grandes, marcadas de tierra, como si viniera de
ima -dijo el prim
ró. Me saludó con la
mi short arrugado. Lo vi notar la urgencia en nu
o t
n saber por qué, me s
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