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Demasiado tarde: La hija que sobra se le escapa

Capítulo 6 Capítulo

Palabras:774    |    Actualizado en: 04/01/2026

tiello en pu

y luz, y yo era el adorno no deseado que permanecí

ba reunida cerca de

e el enorme diamante en su dedo cap

hermoso

n dinero ensangrentad

la manga c

del lugar donde el soldado me habí

ado con el dolor de la pulsera de

a cosa

porosas ensartadas en una

grado en la

la muñeca de Dante cua

tigarte*,

l día que se fue, ante

Sette. Hast

nunca

io a I

itación, vi que Isabel

a la cara. Estaba

se entr

usurró al

so rí

a caminar

brió ante ellos

n su esmoquin. Un depr

scara de la víctima qu

con la voz temblorosa lo sufic

on mi otra mano,

ío",

nte -mintió-. El que de

fue tan fác

la lengua como

ante se posar

amelo",

me

mano y agarr

e era de

evantó

s resaltaban sobr

reguntó Dante. Su voz

m

stello de re

a besado esas puntas de l

e -susurré

so!" grit

reunida y al instante las lá

yas. ¡Ahora intenta robarme los r

ullos co

rmana

nesta

e endureció hasta co

telo",

",

desafié una orden direc

uccionado de

areció a nu

taba morad

Seraphina. No avergü

repetí-.

no me dej

usó el dorso

lizó s

ectamente en

golpe me lev

hacia

ontra la torr

rio se

de cristal explot

temente

clavaron en mis brazos

haciendo que los cortes reci

é allí

vino caro y se acumuló en

a través de una

taba parada

a una copa d

rramó sobr

gracia",

en los ojos quemá

entando aclar

a D

estaba

as manos de Isabella

cristal?" pregun

arruinó la fiesta, D

ajo hacia

mires

encima de

e arrancó la pul

tico se

n por el suelo, rodando s

edaban en la cuerda y se

e haya quitado est

s escombros de

ng

o

tamente

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Demasiado tarde: La hija que sobra se le escapa
Demasiado tarde: La hija que sobra se le escapa
“Morí un martes. No fue una muerte rápida. Fue lenta, fría y meticulosamente planeada por el hombre que se hacía llamar mi padre. Tenía veinte años. Necesitaba mi riñón para salvar a mi hermana. La refacción para la niña de oro. Recuerdo las luces cegadoras del quirófano, el olor estéril a traición y el dolor fantasma del bisturí de un cirujano abriéndome la carne mientras mis gritos resonaban sin que nadie los oyera. Recuerdo mirar a través del cristal de observación y verlo a él -mi padre, Joaquín Villalobos, el Patrón del Cártel de Monterrey- observándome morir con la misma expresión gélida que usaba al firmar una sentencia de muerte. La eligió a ella. Siempre la elegía a ella. Y entonces, desperté. No en el cielo. No en el infierno. Sino en mi propia cama, un año antes de mi ejecución programada. Mi cuerpo estaba completo, sin cicatrices. La línea de tiempo se había reiniciado, un fallo en la cruel matriz de mi existencia, dándome una segunda oportunidad que nunca pedí. Esta vez, cuando mi padre me entregó un boleto de ida a Madrid -un exilio disfrazado de liquidación-, no lloré. No rogué. Mi corazón, antes una herida abierta y sangrante, era ahora un témpano de hielo. Él no sabía que estaba hablando con un fantasma. No sabía que yo ya había vivido su traición definitiva. Tampoco sabía que seis meses atrás, durante las brutales guerras territoriales de la ciudad, fui yo quien salvó a su activo más valioso. En una casa de seguridad secreta, suturé las heridas de un soldado cegado, un hombre cuya vida pendía de un hilo. Él nunca vio mi rostro. Solo conoció mi voz, el aroma a vainilla y el toque firme de mis manos. Me llamó Siete. Por los siete puntos que le puse en el hombro. Ese hombre era Dante Montenegro. El Capo Despiadado. El hombre con el que mi hermana, Isabella, ahora está destinada a casarse. Ella robó mi historia. Reclamó mis acciones, mi voz, mi aroma. Y Dante, el hombre que podía detectar una mentira a un kilómetro de distancia, creyó el hermoso engaño porque quería que fuera verdad. Quería que la niña de oro fuera su salvadora, no la hermana invisible que solo servía para dar refacciones. Así que tomé el boleto. En mi vida pasada, luché contra ellos, y me silenciaron en una mesa de operaciones. Esta vez, les dejaré tener su mentira perfecta y dorada. Iré a Madrid. Desapareceré. Dejaré que Sofía Villalobos muera en ese avión. Pero no seré una víctima. Esta vez, no seré el cordero llevado al matadero. Esta vez, desde las sombras de mi exilio, seré yo quien sostenga el cerillo. Y esperaré, con la paciencia de los muertos, a ver su mundo entero arder. Porque un fantasma no tiene nada que perder, y una reina de cenizas tiene un imperio por ganar.”
1 Capítulo 1 Capítulo2 Capítulo 2 Capítulo3 Capítulo 3 Capítulo4 Capítulo 4 Capítulo5 Capítulo 5 Capítulo6 Capítulo 6 Capítulo7 Capítulo 7 Capítulo8 Capítulo 8 Capítulo9 Capítulo 9 Capítulo10 Capítulo 10 Capítulo11 Capítulo 11 Capítulo12 Capítulo 12 Capítulo13 Capítulo 13 Capítulo14 Capítulo 14 Capítulo15 Capítulo 15 Capítulo16 Capítulo 16 Capítulo17 Capítulo 17 Capítulo18 Capítulo 18 Capítulo19 Capítulo 19 Capítulo20 Capítulo 20 Capítulo21 Capítulo 21 Capítulo22 Capítulo 22 Capítulo23 Capítulo 23 Capítulo24 Capítulo 24 Capítulo25 Capítulo 25 Capítulo26 Capítulo 26 Capítulo27 Capítulo 27 Capítulo28 Capítulo 28 Capítulo29 Capítulo 29 Capítulo