“Mi esposo, el despiadado Patrón de Monterrey, me obligó a arrodillarme en el lodo helado para disculparme con su amante. Creyó más en las lágrimas falsas de ella que en mi dignidad. Mientras la lluvia gélida empapaba mi vestido, una punzada brutal y desgarradora me partió el cuerpo. Grité su nombre, suplicando ayuda mientras sentía que la vida se me escapaba. Pero Damián no se movió. Solo encendió un cigarro, con los ojos fríos como el acero. -Levántate cuando estés lista para aprender a respetar -dijo. Entró a la casa con ella, cerró la puerta con llave y me dejó desangrándome en medio de la tormenta. Esa noche perdí al bebé. Los doctores me dijeron que el daño era irreversible: era estéril. Creí que había tocado fondo, pero me equivocaba. Cuando volví a la hacienda, convertida en un fantasma en mi propio hogar, me arrojó a un sótano inundado y lleno de ratas porque Elena me acusó de envenenar a su hijo. Me torturó durante días para proteger a un niño que ni siquiera era suyo. En ese momento, el amor murió. Así que, mientras él estaba de viaje por negocios, no solo empaqué una maleta. Ejecuté un plan que llevaba tres años gestándose. Me desvanecí. Pero antes de desaparecer, le dejé un regalo en su escritorio. Una memoria USB con el video de seguridad que probaba las mentiras de Elena, el informe médico del aborto que él provocó y una prueba de paternidad que demostraba que había destruido a su verdadera familia por el bastardo de una extraña. Para cuando cayó de rodillas gritando mi nombre, yo ya me había ido.”