“En nuestro sexto aniversario, descubrí que mi prometido, Ricardo, le había regalado el relicario de mi abuela, una joya de familia, a su "frágil" colega, Carmen. Cuando lo encaré, me dio una bofetada que me partió el alma. Luego me arrastró a la nieve y me obligó a arrodillarme para pedirle perdón a Carmen por haberla molestado. El estrés y su violencia provocaron que perdiera al bebé. Estaba perdiendo a nuestro hijo ahí mismo, a sus pies. Él ni siquiera notó la sangre que manchaba la nieve. Estaba demasiado ocupado consolando a la mujer que eligió por encima de mí y de nuestro hijo. Esa noche me fui y nunca miré atrás. Tres años después, tras construir una nueva vida y una pastelería exitosa, apareció en mi puerta, hecho un fantasma, muriendo de cáncer. Se desplomó, tosiendo sangre a mis pies, suplicando un perdón que yo ya no tenía para darle.”