“Para que mi novio, Alejandro, pudiera seguir en la facultad de derecho, le rogué a mi padre que pagara su colegiatura. Pero el día que me mudé a la Ciudad de México para estar con él, lo encontré engañándome con mi mejor amiga, Ivana. La traición no terminó ahí. A mi padre, un respetado líder sindical, lo acusaron de malversación de fondos -el mismo dinero que había pedido prestado para Alejandro- y murió en la ignominia. Mi madre sufrió un colapso mental por el dolor. Mientras cuidaba a mi madre, descuidé mi propia salud, solo para ser diagnosticada con cáncer terminal. Al regresar a mi ciudad natal para morir, me encontré de nuevo con Alejandro e Ivana. Ivana, ahora embarazada del hijo de Alejandro, se burló de mí. -Tu padre me suplicó que dejara a Alejandro en paz -dijo, con una sonrisa cruel en el rostro-. Así que lo denuncié. Murió por tu culpa, Clarisa. Tú fuiste quien lo mató.”