“Postrada en la cama del hospital, me aferraba a mi vientre vacío. Las palabras del doctor sobre mi aborto espontáneo aún retumbaban en mi cabeza, una sentencia cruel que se negaba a desaparecer. Llamé a mi esposo, desesperada por un poco de consuelo, por escuchar su voz, pero al contestar sonaba irritado, casi furioso. -Alicia, ahora no -espetó Erick con brusquedad-. La perra de Barbie acaba de vomitar. Ella está histérica. Pide un Uber y deja de ser tan dramática. Me colgó. Colgó a su esposa, que acababa de perder a su hijo, para consolar a la mascota de su amante. Cuando arrastré mi cuerpo destrozado hasta nuestra casa, no hubo abrazos. No hubo consuelo. Me obligó a pedirle perdón al maldito perro. Luego vino el golpe final: vi en la televisión cómo le regalaba todo mi portafolio de fotografía a su amante, afirmando que era obra de ella, mientras a mí me entregaba una botella de perfume al que sabía que yo era mortalmente alérgica. Rota, fui a una clínica radical para borrar mis recuerdos de él para siempre. Pero el procedimiento no me dejó en blanco. Abrió una puerta que yo no sabía que existía. Yo no era la huérfana Alicia Díaz. Yo era Alicia Mondragón, la heredera multimillonaria desaparecida. Y se me habían acabado las disculpas.”