“Me rompió el corazón noventa y nueve veces, pero fue la última la que finalmente mató mi amor por él. En la fiesta de su familia, su nueva chica tropezó de forma muy teatral, arrastrándonos a las dos a la alberca. Mi pesado vestido me hundía, y yo luchaba por aire, buscándolo a él. Pero él me empujó para pasar a mi lado. La salvó a ella. A través del agua clorada, escuché su voz, nítida y clara para que todos la oyeran. "Tu vida ya no es mi problema". El mundo se quedó en silencio. Mi amor por él murió en esa alberca. Pero la humillación final llegó una semana después, en una partida de póker de altas apuestas. La besó a ella frente a todos, una ejecución pública y brutal de mi valor. Luego me miró directamente, su voz retumbando en la habitación silenciosa. "Ella besa mucho mejor de lo que tú jamás lo hiciste". Más tarde esa noche, lo escuché hablar con su mano derecha. "La mantendré cerca el tiempo suficiente para poner celosa a Eliana. Dale unas semanas. Volverá arrastrándose, rogándome que la acepte de nuevo. Siempre lo hace". Mi amor, mi dolor, mi corazón roto... todo era solo un juego para él. Así que no lloré. No grité. Fui a casa, abrí mi laptop y solicité mi ingreso a una universidad en la Ciudad de México. Esto no era una amenaza. Era un entierro.”