“Durante diez años, fui la arquitecta invisible del imperio tecnológico de mi esposo, obligada a gestionar su desfile de amantes mantenidas con nuestro dinero. Pero cruzó la línea cuando destruyó el último legado de mi padre, un invaluable bloque de mármol, para tallar una estatua para su nueva obsesión, Isla. Cuando lo enfrenté, ordenó que me dispararan. Me envenenaron. Y me dejaron por muerta en un sótano. Me incriminó por intentar asesinar a Isla, poniendo a todo nuestro mundo en mi contra. La eligió a ella, siempre a ella, incluso cuando me arrastró al borde de un acantilado, lista para empujarme al océano. -¡Elige, Emiliano! -gritó-. ¡Ella o yo! -Tú -dijo él con voz ahogada, con los ojos fijos en Isla-. Te elijo a ti. Con el eco de su traición en el viento, Isla arrojó la escultura de mi padre al mar. Y mientras el último pedazo de mi corazón se hundía en el abismo, sonreí. Entonces, salté.”