“Me estaba muriendo de cáncer cuando mi ex destructivo, Bruno Ferrer, regresó a Monterrey. Lo primero que hizo fue demoler la tienda de discos de mi difunto padre. Pero su nueva prometida, Graciela, fue la que dio el golpe de gracia. Con una sonrisa cruel, me acorraló y arrojó las cenizas de mi madre sobre la calle inmunda. Exploté. Estampé mi Mustang clásico contra su descapotable. Dos veces. Desperté en el hospital, tosiendo sangre, justo a tiempo para ver a Bruno en las noticias. -Cuando la encuentre -gruñó a las cámaras-, voy a disfrutar rompiéndole cada uno de los huesos de su cuerpo. No tenía ni la menor idea de que el cáncer, acelerado por su crueldad, ya me estaba matando. ¿Quería mi cuerpo? Perfecto. Rechacé todo tratamiento y le pedí al hospital que lo llamaran. Mi venganza final no era pelear contra él. Era morir y obligarlo a reclamar el cadáver de la mujer que él mismo destruyó.”