“A mi suegro lo mataron. Lo atropellaron y se dieron a la fuga. Pero lo primero que dijo mi esposo en la sala de espera del hospital no fue sobre su dolor. Fue sobre dinero. -Acepta el millón y medio de pesos, Eva. Tu papá no valía más que eso. Él creía que el hombre que yacía en la morgue era mi padre. Me entregó un acuerdo de liquidación que lo pintaba como un estafador que había provocado el accidente para cobrar. Me negué. Se convirtió en un monstruo, amenazándome antes de cortarme todo apoyo financiero. Pronto descubrí por qué: la conductora era su amante, que además estaba embarazada, y todo esto era un encubrimiento desesperado para protegerla. Estaba dispuesto a destruir a mi familia para salvar a la suya. Me llamó débil y sentimental, una molestia emocional que podía manejar fácilmente. Estaba tan seguro de que podía quebrarme y comprar mi silencio. En el juzgado, su abogado presentó el acuerdo, listo para pintarme como una mentirosa, ambiciosa e inestable. Pero entonces la jueza se aclaró la garganta para hacer el anuncio formal. -El fallecido es el señor Gerardo Garza. No era mi padre el que estaba en esa plancha de la morgue. Era el suyo.”