“Durante años, fui la esposa perfecta y silenciosa de Dante Montenegro, el Don más temido de Monterrey. Confundí sus regalos lujosos con afecto y su fría protección con cuidado. La nonagésima novena vez que le pedí el divorcio, se rio. Una hora después, su amante, Isabella, lo llamó. -Bájate -ordenó, dejándome en una oscura esquina bajo la lluvia torrencial para poder correr a su lado. Mientras veía desaparecer su camioneta blindada, finalmente entendí la verdad. Nuestro matrimonio era una transacción, un pacto para saldar las deudas de mi padre. Yo solo era un reemplazo, una sustituta viviendo una vida diseñada para Isabella. Cada regalo, cada gesto, era un eco de los gustos de ella. Él nunca me vio. Para él, yo no era su esposa; era una posesión. Una obligación que podía desechar a su antojo. Pensó que era demasiado débil, demasiado dependiente para luchar. Creyó que no podría sobrevivir sin él. Pensó que simplemente correría a esconderme. Se equivocó. No se escapa de un hombre como Dante Montenegro. Te cazaría hasta el fin del mundo, no por amor, sino por orgullo. Para romper un pacto con un Don, no puedes simplemente huir. Tienes que estar preparada para la guerra. Y allí, empapada y abandonada, hice un nuevo juramento: no solo lo dejaría. Reduciría todo su mundo a cenizas.”